Buenos días y bienvenidos a la ironía que le pongo al día a día, para que pese menos...

lunes, 28 de mayo de 2012

Tu nombre me sabe a insomnio

No me pude dormir. El domingo transcurrió muy tranquilo. Pero yo estaba cansada desde el momento en que me desperté. Intenté levantarme, pero sentía una pesadez impresionante. Igual me levanté. Me gustó la complicidad con la que, junto a mi media naranja, logramos vulnerar algunos códigos del desayuno. Fue gracioso vernos a los dos intercambiando miradas y tomando rápidamente él de mi pan y yo de su galleta, para que nadie se percatara de mis caprichos. Pasó el día y mi cuerpo seguía pidiéndome que tomara una siesta. Debíamos volver a casa y, antes de poder siquiera pensar en la posibilidad de dormir, nos esperaban dos horas de viaje. Finalmente fue una hora y media. Cuando llegamos yo estaba muerta de hambre, así que me preparé un café y me fui a la cama. Luego de varios cambios de canal, logré quedarme dormida. Me desperté casi a la hora de cenar y él seguía entretenido en sus cosas.
Me levanté, otra vez cansada y con el cuerpo pidiéndome a gritos que me quedara en la cama. Me costó sentirme despierta. Preparé la cena y el almuerzo de lunes y martes y nos sentamos a cenar. Luego hice café, lavé los platos para no quitarle tiempo a lo que él estaba haciendo -se lo veía entretenido y contento- y me quedé un rato mirando televisión. A las 11 de la noche me fui a la cama. Ahora sí podía dedicarme al descanso sin interrupciones, a dormir plácidamente en la cama calentita, a disfrutar de la compañía y a cruzar pies entre las sábanas.
Solo que nada de eso fue posible. Era la 1.30 am y yo seguía haciendo fuerza para quedarme mágicamente dormida. Desde el mismo momento en que apagamos las luces, supe que algo andaba mal. Mi cabeza comenzó a intentar recordar el nombre de un actor. ¿Cómo se llamaba? Todas las combinaciones eran posibles. Pero si acababa de verlo, de escuchar su nombre, ¿cómo era posible que no lo recordara? Juan, Juan Carlos, Luis, Antonio. Ninguno me sonaba y no iba a poder dormirme sin saber el nombre de ese actor. Me repetía el apellido y el nombre no salía.
Me di vuelta, pensé en despertarlo a él, que dormía como un bebé, pero supuse que en lugar del nombre iba a obtener una puteada. Pensá, pensá, lo sabés, es cuestión de tiempo. No quería mirar el reloj porque me condiciona sobremanera la cantidad de horas que me quedan hasta que suene el despertador. Roberto, no, es nombre de un hombre más grande. Y si me acuerdo cómo le dicen, me acordaré del nombre. Nada, una laguna en la cabeza. Necesitaba recordarlo y hacerlo rápido para poder empezar a dormir. Ahora que lo pienso, si hubiera prendido el televisor, hubiera solucionado el tema. No lo pensé en ese momento porque estaba muy ocupada pensando en el nombre olvidado. En eso pienso en otra persona y surge “Guillermo”. Sí, se llama Guillermo, qué bueno que me acordé!
Pero no me duermo. Doy una, dos, cinco vueltas y no me duermo. Y llega la temida puteada producto de tanto movimiento en la cama. Y le digo “no me puedo dormir, vos estás dormido?” (pregunta pelotuda si la hay) y oh!, respuesta más pelotuda: “sí…” Y luego agrega, “tomá un vaso de leche” y yo “ni en pedo” y él “lee algo” y yo “ni en pedo”.
Vuelvo a darme vuelta y no sé por qué, me acuerdo de mi abuela. Y empiezo a recorrer su casa en mi cabeza y como mi gata no deja de acomodarse arriba mio, recuerdo a sus gatas. Una murió casi con ella, de tristeza. Y la otra… la otra ¿cómo se llamaba? La puta madre, ¿otra vez?? No, otra vez no, peor ahora. Porque el nombre de una persona es más o menos susceptible de ser adivinado, pero ¿y el de un gato? No había caso, me salía el nombre de la gata que murió, del perro, de la perra que adoptaron, de los gatos que tuvieron antes, de los gatos del resto de mi familia y esa gata ¿cómo mierda se llamaba?
Me rompí la cabeza. Era de suma importancia acordarme de ese nombre. Paseé por todos los rincones de la casa de mi abuela, la recordé cocinando, leyendo, durmiendo, limpiando. Y la gata pasaba por mi cara como invitándome a correrla y cagarla a palos. ¿Cómo te llamas, gata de mierda?
Fui al baño, con los ojos cerrados para no desvelarme más de lo que ya estaba. Sí, una pelotudez pensar en que uno puede estar más despierto aun que cuando está completamente desvelado. Volví a la cama de espaldas, para no ver los números rojos del reloj despertador y enterarme de qué poco tiempo quedaba para el desayuno. Me entre dormí y en sueños escuché a mi abuela gritar su nombre “Crazy”. Y me desperté. Sí, la gata se llamaba Crazy. El problema entonces fue que no supe qué pasó con Crazy. ¿Se murió? ¿Se fue a vivir a otra casa? ¿La abandonaron?
Y ahí empezó la rueda de nuevo. Me enteré alrededor de las 11 de la mañana cuál fue la suerte de Crazy. Y “enterarme” es una forma de decir, porque le pregunté a mi hermana y ella supone algo que ninguna de las dos puede asegurar.
Así que el despertador sonó entre que recordaba el nombre de la gata y me preguntaba qué habrá sido de ella. Y estoy intentando sobrevivir a un malhumor insoportable, a sabiendas de que esta noche, al cerrar los ojos, puedo llegar a convertirme nuevamente en una víctima de mi olvido.


miércoles, 23 de mayo de 2012

Sin nada para decir... o nada nuevo para decir...

Guauuu, un mes sin escribir. La verdad es que admiro a aquellos que sacan libros pelotudos de autoayuda en un abrir y cerrar de ojos (son los que más se publican ultimamente). Hay que tener inspiración para redactar unas 150 hojas de pelotudeces. Yo apenas puedo con una carilla. Por eso me ausenté de mi propio espacio durante tanto tiempo. Alguno podría pensar que ni yo me quiero, porque me autoabandono. Pensalo chiquito/a, me tiene sin cuidado lo que pienses.
La cuestión de fondo sigue siendo la misma. Tengo cosas de las que me gustaría hablar, pero en definitiva terminan reduciéndose a más o menos lo mismo… no me banco a nadie.
Sin embargo, por momentos intento atesorar frases o episodios para traerlos a mi espacio y compartirlos. Y después, se esfuman, me juegan en contra, desaparecen.
No sé, ¿ya conté que no me gusta que la gente me hable a la mañana? Bueno, porque la loca de mierda de la que hablé la última vez, viene todas las mañanas y me habla y me habla y me habla y me rompe las pelotas que me hable! Entonces, no la miro. Porque si le doy un centímetro de cabida, se despliega con sombrilla y silla plegable, saca el mate y se hace un picnic en mi vida. Y yo no quiero que nadie se haga un picnic en mi vida, apenas que se asome por la ventana y pida permiso. Menos a las 9 de la mañana, cuando lo único que quiero es estar sola e intentar entender por qué tengo que estar mentalmente despierta si lo único que quiero es dormir o mirar vidrieras o leer un buen libro policial.
Hoy por ejemplo llegó y yo me quedé un rato en el baño, para evitarme su picnic. Y cuando ya habían pasado 10 minutos y yo sentía que me iba a quedar a vivir en el baño, salí despacito y ella venía atrás. ¡Parecía que me estaba esperando! Bueno, mejor dicho, me estaba esperando! Ahora, ¿cuánta ugencia podes tener en contarle algo a una persona que te hace capaz de esperarla a la salida de un baño? Ya, de entrada, me parece desagradable la palabra baño, con lo cual no pierdo ni 1 minuto de mi vida en ello.
Bueno, evidentemente y gracias a los genes, la naturaleza y el espíritu ¿religioso?, no todos pensamos igual. Así que la loca me esperó para venir a decirme buen día y tirarme su queja diaria. “Cómo estás? (no le importa, es un modismo que tiene de preguntar al pedo).. yo re cansada, con mucho sueño”. Mi intervención fue preguntarle por qué tenía tanto sueño y me respondió que porque no podía estudiar. Le pregunté qué tenía que ver una cosa con la otra, me contestó que nada y ahí nomás me salió con que le cambiaron la fecha de un cumpleaños, atrasando el festejo un día.
Ahh, bueno, qué bien que estoy del marote. Yo anoche comí ensalada y ¿qué mierda tiene que ver una cosa con la otra? ¿Tenías ganas de contarme que tenes un cumpleaños? Esperá que saco la botella que tengo escondida en el cajón y brindamos porque te invitaron a un cumpleaños!! Y si encima te invitó un/a amigo/a, tiramos la oficina por la ventana!
Sí, mi actitud es de mierda, por eso prefiero pasar la mañana sola y recién comunicarme con el mundo a partir del mediodía. De lo contrario, cualquier pelotudo será víctima de mi sarcasmo y/ de mi ironía. Ya me estoy preparando para que llegue la otra, que labura 4 horas diarias y siempre llega tarde. A mí no me daría la cara para llegar tarde, si llego y ya me estoy yendo. Pero se ve que a ella sí. También le da la cara para hablar y hablar y hablar conmigo, a quien no conoce y de quien solo recibe caras de orto. Por eso trato de no estar cuando llegue, para que no me empiece a hablar del clima, como si yo aterrizara en el aeropuerto todas las mañanas, directo desde Alaska. Si lo único que tenes para decir se relaciona con el tiempo, prefiero escuchar la radio. Si tenes alguna otra cuestión para charlar, charlalo con otra compañera, porque yo vengo a la oficina únicamente a trabajar. Para hacer amigos me busco otros espacios.
Y la loca manda mail, diciéndome que hay que ponerle pilas al día. El mío anda a batería pelotuda, así que no me jodas más!
No cambié mi forma de ser ni de pensar, solo me mantuve un tiempo callada. Pero sigo siendo la misma de siempre, mal que le pese al que le pese… Y estoy de vuelta!

lunes, 23 de abril de 2012

Más loca que una cabra

A veces siento que hay un “gran hermano” que me está mirando y que pone a prueba mi paciencia y mi nivel de tolerancia. A ese gran hermano le diría: “no te gastes, tengo tolerancia menos 20. Ocupate de otro!”. Digo, Dios no puede estar tan al pedo como para preocuparse por mí y por mis niveles de tolerancia.
La cuestión es que, en un esfuerzo sobre humano y por una razón que no puedo explicar, hace un par de meses decidí que una compañera de trabajo podía convertirse en amiga. Nos conocimos en un evento laboral y luego nos fuimos comunicando a través del mail del trabajo, para pasar a hacerlo a través de nuestros mails personales. Al principio fue como un noviazgo; puras risas y momentos copados, donde sentí que ella se parecía mucho y no se parecía en nada a mí a la vez. Me resultó una persona agradable, suave, divertida; un buen proyecto de amiga para una persona sin paciencia ni tolerancia. Igualmente me llamaba la atención que “festejara” por demás todo lo que yo dijese o hiciese.
Pero el diablo muestra la cola y yo soy una desconfiada por naturaleza, así que pude ver cómo aparecía sin que nadie me lo avisara. Al principio el intercambio de mails era pavo e inofensivo. Nos dábamos los buenos días y comentábamos alguna pavada de la noche anterior o del fin de semana. Luego llegó el día en que ella vino a contarme un “problema” que había tenido con una amiga de años y finalmente llegó el día en que le vi la cola.
En realidad había mostrado la cola con anterioridad, pero yo decidí no ser mal pensada y dejarle pasar esa primera vez. Yo estaba enferma en casa y ella me mandó 3 mensajes, el último a las 11 de la noche, alterada, pidiéndome que le respondiera si estaba bien porque estaba preocupada porque no le contestaba los mensajes. Yo estaba bien, sin crédito en mi teléfono. Así que tomé el celular del trabajo y le mandé un mensaje para que dejara de romperme las bolas.
Cuando comenzó a contarme su problema con su amiga, sentí que estaba viviendo un dejavú. “Esto ya me pasó. A este tipo de locas las tengo caladas”, pensé. Pero no le di mayor importancia, porque el problema era entre ella y su amiga. Y un día que no estaba en el trabajo, recibo otro mensaje en el que me pide que me apure en llegar al trabajo “que acá pasan cosas cuando no estás”.
Bien, pensamiento nro. 1: yo manejo mis tiempos según tus antojos. Vos tenes un problema pelotudo con una mina que no conozco. Yo a vos te conozco por mail hace 2 meses y ¿tengo que salir de mi clase de posgrado para escucharte? Sí, sí, esperá sentada.
Pensamiento nro. 2: Seguramente pasen cosas en mi ausencia, ¿quién dijo lo contrario? El tema es que pasen cosas que me involucren. Y el problema es tuyo, así que no me rompas las pelotas!
Ese día llegué a la oficina y me estaba esperando como si se viniera el mundo abajo y tuviera que esperar a que yo le diera el “ok” para meterse debajo de una mesa y esperar lo peor. Ni bien me senté en mi escritorio, recibí un mail de ella en el que me contaba el drama de su vida. Sinceramente pensé en esa amiga de ella y me dije “Inteligente la amiga, se está sacando una loca de encima”. Me pidió un consejo y le respondí el mail con un: “buen día, ¿no?”. O sea, no me rompas las pelotas con tus boludeces y, suponiendo que lo hagas de la manera prepotente y sacada que lo haces, por lo menos saludame. Me respondió que no estaba para “reproches” ese día. Y comprendí que debía comenzar a alejarme inmediatamente de ella. A ese suceso le siguieron muchos, todos del mismo estilo. Desde preguntarme 100 veces qué iba a hacer el fin de semana porque ella tenía ganas de que hiciéramos X, Y o W, hasta mandarme mensajes un día feriado a la mañana, preguntando boludeces.
Me dice “ami”, algo que me pone de los pelos. Me cuenta en cada mail que manda (porque escribe todos los días), que ella es re buena y que todo el mundo le pregunta cómo hace para no estar de mal humor y para ser tan dulce y tan amable. Me dice "me acordé tanto de vos..." cada vez que respira y hace todo lo que yo hago. Ahora bien, una vez le hice un comentario mientras me contaba algo y me paró en seco y me dijo, mirándome a los ojos: “escúchame cuando te hablo”. Se me heló la sangre. Fuera de esa oportunidad, jamás me mira cuando me habla. Siempre mira para un costado o para abajo. No hablo de mirar a los ojos, ni siquiera me mira a la cara, hace de cuenta que habla sola, al aire.
Si le digo algo con mi tono irónico, me responde “trátame bien”. La verdad es que tuve varias amigas que hoy son “ex” amigas y que estaban más locas que una cabra. Evidentemente las atraigo. Pero de un tiempo a esta parte he decidido que para loca estoy yo y que no hay lugar para enfermitas en mi vida intolerante.
Porque ¿a mí qué sorete me importa que la gente esté preguntándote todo el tiempo por qué sos tan buena? Me huele a invento, me huele a que ni vos te crees lo que vendes de vos misma. Y a la primera de cambio, mostras la cola. A mí no me vengas con el cuento. No me conmueven tus experiencias con viejitos no videntes a los que ayudaste a cruzar la calle, ni la enseñanza de amor que te dio un niño con síndrome de down, ni lo valiente que te volviste para defender a un compañero de la primaria de una horrible discriminación. Desde hoy te bautizo mi “Claudia María Domínguez”. Si vos sos buena, te felicito. También sos muy yo-yo, ¿te diste cuenta de eso? No le das lugar al otro, solo se puede hablar de vos, de tus problemas, de tus experiencias, de tus obras de bien y de todas tus pelotudeces.
Para terminar con este descargo, acabo de recibir un mail en el que me dice que le asusta “lo enferma y obse que está la gente”. A mí también, así que hacete humo querida, estás re mal de la cabeza!!!!

jueves, 19 de abril de 2012

Te quiero pero... me rompes tanto las bolas!!!

Luego de casi un mes de volver a acariciar la soledad hermosa de cantar a los gritos mientras cocino, de bañarme temprano con la puerta del baño abierta de par en par, de “picar” una fruta en lugar de sentarme a cenar, de buenas a primeras veo que todo se va reacomodando a lo que algunos llaman la ‘convivencia’.
Él estuvo de viaje y yo también estuve de viaje, aunque él se haya ido a recorrer el mundo y yo me haya quedado en casa. Y aproveché mi viaje hacia aquellas épocas en las que solo éramos mi gata y yo y rememoré todas las viejas costumbres de mujer sola y ¿feliz? Duró un poquito menos de lo que hubiera necesitado y la soledad fue un lugar cómodo y seguro que tenía fecha de vencimiento. Por eso fue tan bienvenida y tan disfrutada, hasta que ya no quedó ni un poco de jugo para sacarle.
Hoy me encuentro enviando la misma cantidad de mensajes de texto a ese ser humano que volvió, llamándolo la misma cantidad de veces y discutiendo en el mismo tono de voz que antes de que partiera. Lo que no entiendo es por qué no puedo conservar la calma y la paz que mantuve en su ausencia y por qué vuelvo a mecanizar los instrumentos de comunicación con los que cuento. Si cuando él no estuvo yo no necesité de esos llamados para nada ni de esos mensajes para mucho menos….
Lo que más bronca me da es que mientras él no estuvo, tuve momentos de añoranza. Pero hoy me doy cuenta que añoré un imposible, o 2 o 3 imposibles o todos los imposibles, mierda!
Y lo peor es que esos imposibles son sus imposibles. Y mis añoranzas y la conjunción hacen a la discusión y así terminamos enmarañados en los llamados para nada y en los mensajes para mucho menos. Esos imposibles se componen de pequeñas modificaciones de conducta que generan una casi desaparición total del movimiento cuando a mí me moleste ese movimiento. ¿Me explico? Mientras estuve sola no había un ser humano sentado en el sillón que prolijamente dejo cada tarde y ahora hay un ser humano que se sienta ahí, a mirar televisión, a tomar un café, a hacer bricolaje, a jugar con la gata… Y mi sillón se arruga y se ensucia y eso no pasaba cuando yo estaba sola!!
Ahora que no pico de noche y que me siento a cenar a horario, me encuentro con que los platos no han aprendido a ir hacia la mesa, que siempre hay un solo vaso y que la comida se quema si yo no la vigilo. Sí, sí, es imposible pretender la ayuda del otro que construye castillitos en el maldito juego de internet que lo deja hipnotizado a pesar de mis gritos y mis súplicas.
También tengo que dejar la puerta del baño cerrada mientras me ducho, porque hay un ser humano que duerme en el horario en el que yo me levanto y al que le molesta la luz reflejada en la habitación. Ese ser humano es el mismo que de noche puede mantener el televisor prendido hasta la hora que se le cante, a pesar de que a mí me moleste el reflejo de la luz en la habitación. La diferencia entre nosotros dos es que yo presto atención allí donde el otro hace agua.
Ojo, si llega a tener que ser él quien se levante temprano, no va a volar ni una mosca y hasta la gata tendrá que aprender a llorar como un mimo, porque el ser humano necesita descansar.
La excusa al día siguiente será que “estoy cansado, me levanté re temprano”. Sí, sí, a la misma hora que yo me levanto todos los putos días para terminar haciendo todo lo que a vos te impide el cansancio, como si fuera para mí una obligación adquirida por esta antigua y absurda idea del machismo y el feminismo.
La escoba es una animal extraño que habita el patio de la casa, al cual resulta casi imposible el acercamiento. No se tiene noción de la existencia de la lavandina, menos aún de la necesidad de limpiar un baño o una cocina. Esas son cuestiones completamente ajenas al cerebro del otro ser humano, en el que habitan el deseo de comer, el deseo de descansar y el deseo de jugar a los jueguitos. A duras penas y tras muchas discusiones, consigo que “estire” las sábanas, ‘si a la noche la vamos a desarmar de nuevo!’. Dale, entonces tampoco lavemos los platos si los vamos a usar a la noche y no lavemos la ropa, porque también la volveremos a usar y así sucesivamente. Ya que estaos,¿por qué no convertirnos en recicladores de mugre?
Solo un grito lo suficientemente fuerte permite que ese ser humano que dijo extrañarnos y amarnos tanto, vuelva en sí y finalmente guarde la ropa recién lavada y doblada, que tampoco sabe caminar de la cuerda a la cama. Y a ese grito le siguen miles más, hasta el hartazgo, que me recuerdan a mis hermanas, a mí y a mi madre, cuando nosotras las mujeres no hacíamos ningún quehacer doméstico y ella era la que gritaba para que la ayudáramos en algo.
Lo gracioso es que siempre termino siendo la gritona histérica que harto al ser humano con mis demandas. Quisiera por una sola vez en toda mi vida tener la posibilidad de que él encarnara en mí durante 24 hs y viviera en carne propia lo que es estar a 1500 y que nadie te ayude en nada. Porque si se lo cuento piensa que exagero. Y si me ve hacerlo dice que es porque estoy mal de la cabeza, porque soy una obsesiva. La casa está como está porque tiene un mantenimiento encima. Si nos manejáramos con sus ganas y sus tiempos, nos taparía la tierra. Y ni comeríamos, porque la heladera tampoco se llena de comida apretando un botón. De más está decir que el lavarropas es una palabra de origen holandes para ese ser humano, que dice no saber usarlo y que jamás se tomó el trabajo de empezar a aprender… Seguramente soy una más del montón de minas recontra podridas de pedir ayuda que no llega. Solo que me había olvidado que todo esto también venia en el combo del “fueron felices y comieron perdices”.
Y ya te dije mil veces que no tenemos acciones en ninguna compañía eléctrica, así que bienvenido a casa y ¡apagá la luz, carajo!

lunes, 9 de abril de 2012

El miedo y yo

Me levanto, hay varios compañeros de la clase de matemática en casa, repartidos entre el living y el comedor y me dirijo a la cocina. En el piso hay 3 colillas de cigarrillos y 2 notas escritas en Alemán. Es obvio, alguien entró en casa porque yo no fumo y no sé alemán. El tema es quién entró. Y el otro tema es quién me va a traducir esas notas, en apariencia “mensajes” amenazantes que debo dilucidar. Así es que vuelvo al living y consulto con los chicos y ahí me doy cuenta de que yo no tengo living y comedor, sino living-comedor y como por arte de magia, se desvanece todo y me despierto.
Otra vez una pesadilla; ¿estará relacionada con lo poco que entiendo de estadística y el examen que rindo en 3 días? ¿O con el miedo de cruzarme con un cigarrillo y que me invite a fumarlo?
Más bien debe tener que ver con las ideas con las que me voy a dormir cuando estoy sola. Me encuentro haciendo las cosas más irracionales y ridículas y no me las cuestiono en lo más mínimo!
Es habitual que el miedo aparezca cuando nadie más habita la casa en la que pasamos la noche. Es más común que el miedo brote cuando el animal que nos acompaña (el pichicho, no nuestra pareja) escucha los ruidos que nosotros también escuchamos, pero que intentamos hacernos creer que son imaginarios.
La semana pasada estaba mirando una serie de suspenso/terror -cosa que hago con más frecuencia cuando estoy sola que cuando estoy acompañada- y sentí un ruido en algún lugar de mi casa de 3 metros x 3 metros. Me dije a mí misma que había sido algún ruido en la serie que miraba, pero al cabo de un rato el ruido se repitió y mi gata incorporó su cabeza y giró sus orejas.
Miedo; una sensación de frío que recorre desde la parte más alta de la cabeza hasta la cintura. La concentración desapareció para dar lugar a la duda. No iba a poder seguir prestándole atención a la serie si antes no inspeccionaba la casa. La cagada de tener un gato es que tiene un oído privilegiado y nada más. No puedo mandarlo a que ladre o chumbe o “mire” si hay un intruso en la casa.
Con lo cual, luego de 5 segundos de pánico total, decidí tomar un arma y aventurarme al resto de los ambientes. Lo único que tenía a mano era un bate de beisbol “de mentira”, de esos que venden como recuerdos de algún lugar turístico, con el nombre del lugar tallado.
Tomé el bate, prendí las luces de la habitación y abrí la puerta de manera rápida y seca. Mi gata se limitó a bostezar y quedarse mirándome. Corrí hacia la puerta que da a la entrada del departamento y prendí las luces del living-comedor. Miré detrás de la cortina cerrada que da a la ventana de un patio de 1 metro x 1 metro, debajo de la mesa (donde no entra más que un gato) y me dirigí a la cocina. Prendí la luz, chequeé que la puerta del patio se encontrara cerrada con llave y volví con la guardia baja a la habitación. En el camino me crucé con el espejo y comprobé lo ridícula que me veía con el palo en la mano. Solté una carcajada, ¿acaso hubiera atacado al intruso con ese bate? Yo creo que hubiera intentado gritar, pero no hubiera llegado mucho más lejos. No faltó la apertura súbita del placard de la habitación, ni el correr abrupto de la cortina del baño.
Nuevamente en la cama pensé “si yo cerré todo con llave y el departamento es de 3 x 3, es imposible que entre alguien!”
Pasaron unos minutos y mi gata y yo volvimos a aguzar el oído. Esta vez comprobamos que los ruidos provenían del departamento de arriba. Igualmente, dejé el bate de beisbol en la mesa de luz, uno nunca sabe cuándo pueda servir para espantar fantasmas mentales.
Anoche los ruidos volvieron, el recuerdo de los sucesos anteriores apareció, pero igualmente se me heló la sangre y en lugar de hacer el ridículo ante mí misma, decidí apagar la luz y enfrentar a mis fantasmas en mis sueños. Hoy vienen a tomar el té a casa y quizá los invite a cenar.
Si no puedes contra ellos, úneteles!

lunes, 19 de marzo de 2012

Abono para pelotudos

Las situaciones más insólitas y enfermizas me ocurren a mí. No sé si tengo pago un abono de nacimiento, si lo adquirí en algún pedo que me agarré en mis días de joda o si, como las enfermedades autoinmunes, siempre estuvo conmigo y ahora se empieza a manifestar, como despertando de un sueño eterno.
No importa el origen, la cuestión es que este abono de situaciones que me desquician es como el descuento de los domingos en combustible, termino usándolo sin querer y sin aviso.
Hace una semana me enteré que en una gran tienda de Buenos Aires hacían un descuento por pago con una tarjeta de crédito y débito. Como tengo otro abono, que es congénito y que consiste en comprar cualquier cosa -necesaria o no- si está en oferta, le conté a una amiga que iba a pasar por la tienda a “ver qué puedo comprar”. Mi amiga, que realmente necesitaba comprar algo y que no tenía oportunidad de pasar por la tienda, me pidió que averiguara el precio y los descuentos en la compra de un sommier.
Ok, como me encanta perder mi tiempo viendo qué puedo comprar, no tuve inconvenientes en hacerle el favor y, en mi obsesión por arrastrar a otros hacia la compra compulsiva al pedo, invité a otra amiga a pasear por la tienda. En realidad, sospecho que mi amiga no volverá a acompañarme jamás, porque lo que ella suponía un paseo tranquilo en horario de almuerzo terminó convirtiéndose en una carrera contra el resto de las personas que también iban a aprovechar los descuentos y que estaban a punto de copar la tienda.
Pero el abono no lo utilicé para realizar compras con mi amiga, si no para hacerle el favor a mi otra amiga. Créanme, hay que estar en mi cuerpo para saber cuántas ganas de patear culos se pueden tener.
Entramos en la tienda, fuimos al subsuelo en busca de los sommiers y me dirigí sin vacilar al escritorio en el que se encontraban los vendedores de sommiers. Uno cree que si existen vendedores para cada rubro es por algún propósito en particular. También cree que ese propósito debe tener que estar directamente relacionado con el asesoramiento, la practicidad y la mejor atención del cliente.
Pero también uno cree en Dios, otro cree en Buda, otro en Santa Claus y así estamos. Yo creí. Creí que acercándome al escritorio del personal que se encuentra en el área de sommiers, iba a encontrar esa mejor atención al cliente a la que hacía mención. Y de pronto, me sentí obligada a dejar de creer (lo mío en cursiva):

- Buen día
- ……
- (Este es el momento en que debí huir) Buen día
- Hola
- Estoy buscando un somier rosen de 1,60 x 2 y quiero ver las opciones para la compra con el descuento de hoy
- No hay ningún descuento
- Lo tenes en el cartel de ahí, arriba del colchón
- (Dirigiéndose a otro empleado) ¿Hay descuento?
- Si, hay descuento / Si, hay descuento
- No sabía
- (Genial, me adjudiqué un pelotudo) Quiero saber cuáles son los de 1,60 x 2
- Ahh, pero no, los tenes que probar primero
- Solo quiero saber los precios de los de esa medida que entran en la promoción
- Pero elegí uno y probalo
- (Otra vez, pelotudo!!) Es que no es para mí
- Ahhh no! Si no es para vos, entonces tiene que venir la persona
- (Pará hijo de puta, no es una casa, es un colchon!!!!) Es que la persona no puede venir y me pidió que consulte por el precio
- Pero no te puedo dar un precio si no lo prueban, ¿cómo vas a comprar un sommier sin probarlo? ¿Y si no te gusta o te hace mal o no lo sentís cómodo?
- Pero decime todos los precios y cuando la persona venga, lo prueba
- No, primero que lo pruebe y después le doy el precio. No te puedo dar el precio de algo……
A esta altura yo ya estaba subiendo las escaleras mecánicas, seguida por mi amiga, un tanto avergonzada y otro tanto confundida, mientras repetía “no puedo creer que sea tan pelotudo!”
Por lo menos tengo una testigo de que tengo mucha mala suerte o de que el mundo está repleto de pelotudos y todos se topan conmigo!
A pesar de todo, mi amiga entro en la página de internet de la tienda y compró su sommier. Y ¿sabés qué, pelotudo? No lo probó!!!!!

jueves, 8 de marzo de 2012

¿Para qué mierda existen los vecinos?

Antes que nada y aunque no hace falta aclarar, quiero dejar por escrito que odio a los vecinos, no importa de qué departamento sean. Los odio a todos. Dicho esto, va la anécdota.
Estoy sola en el departamento. Son casi las diez de la noche y me pongo a cocinar, aunque sé que no voy a cenar porque no tengo hambre. Guardaré la comida para el día siguiente. Saco las verduras de la heladera, las lavo y justo cuando voy a clavar el cuchillo en la primera cebolla limpia, suena el timbre. Qué raro, no espero a nadie nunca y menos un miércoles a las 10 de la noche. Voy hasta la puerta y pregunto quién es. Me responden “del 15”. En mi edificio los departamentos están identificados con números en lugar de letras. No recuerdo quién es del 15. Miro a través de la cerradura y solo veo un antebrazo apoyado en la puerta. Qué descaro, apoyar el brazo en mi puerta. Retiro la mirada y vuelvo a mirar y pienso que quizá no hay nadie del 15 allí afuera y que no bien abra la puerta pueden entrar a robarme. Entonces retrocedo, dejo el repasador en una silla, pongo el televisor en mudo y cierro la puerta de mi dormitorio, supongo que porque no sé qué hacer. Camino nuevamente hacia la puerta y vuelvo a preguntar quién es y me responden nuevamente “del 15”. No sé quién carajo es del 15, así que pongo la traba de la puerta y abro, pero la puerta queda entornada y mi corazón late a 2000 por hora. Parezco una anciana de barrio. Veo que es el pesado del 15, así que quito la traba y abro. Ya recordé que el tipo da vueltas y vueltas y vueltas al hablar, así es que inhalo y le pregunto qué necesita.
Me cuenta que una prima no fue a una oficina a hacer algo que tenía que hacer y que ahora le dicen que tiene 10 días…. “¿10 días para qué?”, le pregunto. Otra vez comienza con el relato, mientras sostiene un papel en su mano que por momentos me muestra y por momentos dobla. Pero no es claro, me cuesta entender por qué sorete tengo que estar en short, remera y ojotas, hablando con un pelotudo en la puerta de mi casa un miércoles a las 10 de la noche. A ver, yo estaba tranquila en mi casa a punto de cortar una cebolla, ¿por qué mierda abrí la puerta? Me podría haber hecho la muerta, estoy en todo mi derecho porque en mi casa hago lo que quiero y eso incluye no abrir la puerta de entrada!
Ok, inhalo nuevamente y le pido que me explique qué sorete necesita la prima. Entonces otro relato confuso donde me dice que tiene 10 días y le preguntó para qué tiene 10 días y finalmente logra decirme que la prima no obtuvo la residencia y que necesita que Migraciones reconsidere su pedido, para lo cual tiene 10 benditos días y (el cree que) tiene que “escribir una carta”. La carta en realidad es lo que en nuestro país se llama un “recurso de reconsideración” y este tipo que me rompe las pelotas pretende que yo lo haga ‘de onda’. Como no me lo dice directamente, le pregunto ‘y vos ¿qué querés que haga yo?' Y el responde “vos ¿podes escribir la carta?” y yo le digo “no, yo no puedo, porque yo no me dedico a esa rama. Pero te puedo recomendar un lugar donde te van a asesorar y te van a ‘escribir la carta’ gratis”. Mientras intento entender cómo existe gente con la cara tan dura, le explico que el lugar que le estoy recomendando es un centro de asesoramiento jurídico gratuito y que la prima puede ir sin problemas y él, mientras hace cara de disgusto y desinterés, intenta retroceder en los 10 centímetros de pasillo que lo separan de la pared. Y yo me siento la más boluda por estar perdiendo mi tiempo con un pesado desubicado que, encima, se digna a rechazar mi alternativa para su puta prima. Me dan ganas de decirle “si no decile a tu prima que se vuelva a su país y ándate vos con ella y asunto solucionado” pero me contengo, porque supongo que en cuanto le dé los datos, se va a ir.
Groso error. Me pregunta si al lugar que le estoy recomendando lo llaman “multi algo..” y yo le contesto que no, que en el lugar que le estoy recomendando yo trabajé 3 años, que los profesionales son excelentes y que lo van a poder ayudar y me cuenta que antes consultó con alguien más (un anónimo parece) y que lo envió a un centro barrial. Bien, me encanta como la gente tiene menos información que el envoltorio de un chicle.
Cuando le devuelvo su papel con la dirección, días y horarios de atención apuntados, me dice “vos sabes que yo tuve un problema en mi comercio” y comienza a relatarme el problema que me importa 3 pelotas y que me recuerda por qué nunca debí abrir la puerta. Es que, ¿acaso pegaron un cartel en mi puerta que invita a todo el mundo a que le solucione los problemas?. Me cuenta 4 veces lo mismo y vuelvo a decirle que yo no puedo ayudarlo en eso porque ‘no es mi rama’ y le sugiero que se vaya con la prima. De paso, me dejan de romper bien las pelotas a mí, ¿no?
Y me mira, se queda ahí parado y me mira y me dan ganas de pedirle que dé un paso hacia adelante, así yo cierro la puerta con toda mi fuerza y le vuelo la nariz de la jeta. Hasta que empiezo a entornar la puerta, en señal de “tengo una vida y la quiero seguir disfrutando”. Se da cuenta y me dice “me voy”. Aleluia, era hora!!! Y cuando cierro la puerta, ya dentro de mi casa, recuerdo quién era este tipo.
Es el hijo de puta que cuando, hace un año armé una reunión de vecinos y pedí firmas para poder cambiar la administración, porque la que todavía está no quiere pagar un gasto que le corresponde, se hizo el pelotudo y no quiso firmar ni participar de nada.
Ojalá vuelva a tocar el timbre pronto, así me escucha él a mí y nunca más vuelve a romperme las bolas. Odio a los vecinos!

martes, 6 de marzo de 2012

La comunicación y la puta que lo parió

Está bueno haber cambiado mi número de teléfono celular luego de haberlo tenido durante 14 años. Sobre todo, cuando hace 15 días no paran de romper las pelotas con la “portabilidad numérica” o la posibilidad de quedarte de por vida con tu número de celular, independientemente de la empresa con la que contrates el servicio.
La razón por la que cambié el número fue porque estaba podrida de que me “robaran” todos los meses con cargos fijos inventados, acceso a internet imposibles (teniendo en cuenta que mi equipo apenas marcaba y andaba a ruedas) y cargos tan variables como el clima.
Listo, me comuniqué, pegué mil gritos y cambié mi número. Pero mantuve la empresa. Porque sí, porque soy una infeliz. Ahora tengo un número que muy poca gente sabe que tengo, no avisé a muchos molestos que ya no tengo el número anterior (así les queda el dedo mocho de marcarlo) y tengo un plan nuevo que no termina de colmar mis expectativas, pero que abarata costos.
Y todos contentos cambiándose de empresa de telefonía celular y yo, cual niño aburrido mirando desde su habitación cómo todos juegan mientras él está en penitencia.
Convengamos en lo siguiente: las empresas de telefonía celular son una mierda grande como una casa. Los celulares ya no funcionan para hablar. Eso sí, podes jugar a los jueguitos, mantener la agenda actualizada, calcular el equivalente en libras de una cantidad X de kilos, hacer cuentas, chatear, buscar algo en google, usarlo de GSP. Pero hablar no podes, porque no tenes señal o porque te comieron el crédito mandándote mensajes del orto con textos como “te ganaste 10000 pesos, marcá *la concha de tu hermana y averiguá dónde retirarlos”. Dale, ya marco y de paso reclamo todos los autos y las play station que me avisaron que me gané en otros mensajes. Ah y la factura te la pago con los 10000 que me gané, porque crédito no tengo porque me lo comieron tus mensajes de mierda.
Quiza, luego de mucho intentar, la llamada se va al contestador que ni el dueño del celular sabe que tiene y dejo un mensaje urgente al recontra pedo, porque cuando finalmente logre dar con la persona, me va a decir que no sabía que tenía contestador.
Ahora, ¿por qué la manía de andar con el teléfono para todos lados? ¿Por qué la impresión constante de que vibra en el bolsillo o en la cartera, cuando el equipo está apagado? ¿Por qué la necesidad de mirar el display cada 2 segundos para ver si recibo algún mensaje?
Si hace 10 años no lo necesitábamos. Si cuando me voy de vacaciones ni me lo llevo y sobrevivo igual. Si el hecho de saber que algo no va a vibrar entre mis cosas me genera más libertad que angustia.
¿No estaría mejor volver a hablar con teléfonos públicos desde las calles? Ahora lo único que se ve y que me da pena mezclada con bronca, es un montón de manos moviendo los dedos como locos sobre un aparatito en cualquier lugar, chateando con ese sistema interno de los teléfonos jodidos y mucha gente que ni sabe de qué color es el cabello de la persona que tiene al lado.
También me da bastante pena que niños y niñas desde los 12 años anden compitiendo entre sí por el equipo que tienen y por el abono que sus padres les pagan. ¿Para qué sorete necesita un blackberry un pendejo? Que tenga un teléfono para poder comunicarse con los padres, podría entenderlo si me lo propongo. Pero de ahí al blackberry, cómo se les va la mano a muchos…
Igual, el propósito de la larga introducción comunicacional fue simplemente para pedirle a las empresas que, junto con la portabilidad, implementen el servicio “Me llamas si yo quiero”. Porque esta nueva moda de tener números “amigos” me está cagando la vida. Hay mucha gente que se cree “amiga” y que te agrega como un número al cual llamar sin cargo y termina rompiéndote soberanamente las bolas. A mí, ¿me consultaron si quería recibir llamados de un fulano cada 5 minutos? Porque el abuso abunda en esta sociedad y como las llamadas son gratuitas, varios hinchapelotas se creen con derecho a llamarte cada 5 minutos y hablarte pelotudeces para justificar el abono que pagan.
Bueno señores dueños de empresas de telefonía celular, además de robarme durante 14 años y de forzarme a cambiar mi número para abaratar costos, ustedes son los culpables de que cierta gente me rompa los huevos todos los días. Así que quiero dar la baja de mi línea, por culpa y responsabilidad del servicio de mierda de número amigo que le dan a cualquiera, sin chequear siquiera si es o no es mi amigo. Armen un registro de amigos de clientes antes de ofrecer el servicio y pongan en mi legajo de datos: no tiene amigos ni quiere tenerlos!

viernes, 17 de febrero de 2012

La cara de culo confunde

Posta que tengo cara de que me encanta que me cuenten mierdas y cosas totalmente inoportunas y que me chupan bien un huevo. No dormí mucho anoche, con lo cual me viene bárbaro que en este trabajo todo el mundo llegue a la hora que se le canta. Porque yo llego a horario y eso me deja entre 1 y 2 hs de soledad necesaria para organizarme mentalmente para manejar soretes. Son las 10 de la mañana, entra a la oficina un compañero que durante el último mes me dirigió la palabra 2 veces y parado frente a mi escritorio -con mi cara de orto que parece ya no frenar nada- me cuenta (él en cursiva, yo en letra común):
-          Qué pesados se ponen los viejos, no quieren hacer nada
-          ¿Nada de qué?
-          Nada
-          Bueno, la gente se pone difícil con la edad
-          No
-          …..
-          Anoche le puse a mi vieja 2 pañales. Al de arriba le hago agujeritos para que pase, para que absorba más. Entonces…
-          ….. (mucha cara de orto)
-          … tengo que ponerle unas cintas más grandes para que suba y calce…
-          ….. (mucha más cara de orto y mirada al horizonte, mientras pienso “¿en serio me estás contando esto?”)
-          … y le digo a mi vieja antes de venirme: ‘ponele la cinta’. Y me pregunta ‘¿a este pañal?’ Y le respondo, ‘a todo el paquete mamá!!’. Y me dice que lo hace a la tarde. Y le pregunto ‘¿por qué? ¿ahora qué tenes que hacer?’ Jajajajajajaja
-          ….
-          ….
-          ….
Me estás tomando el pelo, ¿no? ¿Tan hijo de puta sos o pelotudo en exceso? ¿Realmente crees que me importa ALGO lo que me estás contando? ¿Respetas un chiquitín tu intimidad como para guardarte algo o contas también qué haces vos cuando vas al baño?
La puta madre, es viernes y estoy a punto de irme de vacaciones, porque de lo contrario ya hubiera cagado a trompadas a este sorete. No creo que exista otra persona a la que tanta gente le cuente de los pañales y mierdas de todos sus parientes.
Hola!!!!! Este no es el baño!!!! Que tenga cara de orto todo el tiempo no implica que tenga que bancarme las anécdotas escatológicas del mundo, no!!!! Significa que no te banco y que no quiero que me hables nunca más, sorete!

miércoles, 15 de febrero de 2012

Banquemos a los guardavidas

El calor roza lo insoportable unos minutos después de las 10 de la mañana y de fondo se escucha “Oh, my love…”, canción que hizo famosa a la película “Ghost, la sombra del amor” ¿o fue al revés?
No importa, el caso es que es demasiado temprano para que me ponga de mal humor, pero la sola alusión al tema ya me rompe las pelotas.
Al rato escucho que el conductor de radio invita a los oyentes a comunicarse y contarnos a todos, incluso a mí que me importa tres carajos, cómo se conocieron los tortolitos de turno. Cambio, no voy a ser parte de esto. Chequeo mis mails. Todas las ofertas en los sitios de descuento en internet están relacionadas con la fecha. ¿Eso no debiera bastar para subrayar mi punto? ¿Cuál es mi punto? Que todas estas fechas son producto de la mierda comercial que importamos y que no debiéramos adherir a ella, cuando ni siquiera sabemos quién mierda era San Valentín!
Sí, lo contaron 100 veces ayer, pero por una razón u otra el destino no quiso que escuchara la historia. Así que la busqué en internet. Lo primero que encuentro es que San Valentín es una celebración tradicional de origen anglosajón. Bien! Qué bueno importar mierda! Lo siguiente que leo es que en algunos países se celebra como el día de la amistad y el amor. Por favor, por el bien de mis nervios, otro día del amigo no!!!
Y finalmente lo encuentro: San Valentín era un sacerdote que celebraba matrimonios en secreto, porque los mismos habían sido prohibidos por el Emperador, que sostenía que los soldados solteros eran mejores guerreros.
Bien, de ahí vamos directamente a la docena de flores al triple del precio habitual, a la publicidad estúpida de chocolates, en un día en el que hay alerta por el calor y nadie con dos neuronas en funcionamiento se comería un chocolate, ni comprado ni regalado.
Y si nos ponemos bien jodidos, tendríamos que pensar un poco más si San Valentín merece la pena tanto festejo. Por algo era sacerdote. Nunca se habrá casado, con lo cual nunca realmente supo si hacía un bien o les cagaba la vida a muchos hombres y mujeres con su trasgresión a las órdenes del emperador. Habria que haber rastreado años más tarde a aquellos rebeldes que fueron unidos en matrimonio por este señor y ver cuán contentos estaban.
En la televisión pasan las notas de mierda de siempre, donde le preguntan a la mujer qué le gustaría que le regalara su novio, qué hace si su novio se olvida de la fecha –algo prácticamente imposible, porque hasta una casa de rulemanes tiene alguna alusión al día-, cuánto hace que está de novia y millones de otras preguntas pelotudas que no le cambian la vida a nadie.
También habrá que bancarse todas las canciones de mierda que pasen en la radio, todos los saludos que se hagan entre sí los amantes y todas las quejas de aquellas mujeres solteras. Los móviles en vivo visitarán las plazas de la ciudad, en busca de alguna pareja que camine de la mano; recorrerán los registros civiles porque el mundo está lleno de gente que piensa que ¿la pareja durará más? si se casa un 14 de febrero y finalizará la expedición pelotuda del amor, visitando algún bar en el que un par de mujeres, borrachas quizá, saluden a la cámara. No importará la razón que haya reunido a estas dos mujeres, en televisión dirán que están tristes porque están solas, porque solo las mujeres nos ponemos tristes y solo a nosotras nos afecta la soledad el día de San Valentín.
Camino a casa y pensando en jamás festejar semejante día marketinero, me crucé con varios hombres que se escondían detrás de un inmenso ramo de flores y me pregunté hasta dónde el regalo sería sincero y desde dónde sólo se iba a hacer para impedir reproches o comparaciones odiosas del estilo de “a Marina el novio le regaló un ramo de flores y la llevó a cenar y vos ni feliz día me dijiste!”.
Tuve que sufrir la desgracia de ser saludada por el día de “los enamorados” por alguien que no es mi media naranja, solo porque “vos estás enamorada”. Mierda! Es como el día del amigo, una plaga incontrolable!!!
Es obvio que este día me provoca urticaria. Lo que sí me gustaría decirles a los solteros, más allá de eso, es que si siguen puteando porque están solos el 14 de febrero, la cosa se va a propagar cada vez más, hasta volverse incontrolable. Sin ir más lejos, en los diarios digitales publicaron fotos de “El día de San Valentín en el Mundo” y se podía observar a un montón de parejas, rodeadas de globos con forma de corazón, con osos de peluche en la mano, casándose en grupo o rodeados de flores. Cada foto tenía en su título el nombre de un país distinto y todas parecían tomadas aquí a la vuelta. ¿Tan necesario es todo esto? ¿Es contagiosa la pelotudez desmedida?
Así que, por favor, no continúen con la “campaña” de llanto y lamento por la soledad vivida en un día de mierda como este. En su lugar y como plantearon en alguna publicidad ‘cool’, festejen el día del guardavidas y no rompan más las pelotas con la idea de que el 13 de febrero sea el día de los solteros, porque los "enamorados" redoblarán la apuesta y febrero se va a convertir en el mes del amor y ese día me mudo de planeta!
¿El día del rompe bolas cuándo carajo es?
Y la estúpida de la radio, hoy miércoles, nos desea buen día y que no se corte “esta onda del amor”.

jueves, 9 de febrero de 2012

Los sensibles y yo no somos compatibles

La gente sensible me tiene las pelotas llenas. Parece que todo hay que sugerirlo con delicadeza. Pero nada se puede “decir”, porque hiere. Todo se tiene que esbozar con una sonrisa amable y casi como deslizando mariposas de colores de la boca al aire.
No importa que la gente sensible me conozca desde hace 700 años y sepa exactamente que el tono de mi voz y el contenido de mis frases no es una agresión hacia el otro. Importa que el otro se pone sensible y le cae mal lo que digo.
Entonces, doble laburo. Ahí me tengo que poner a explicar que mi tono es mi tono, que me rompe las pelotas que a la edad que tengo, todavía no se den cuenta de que hablo así porque sí y no porque intento herir susceptibilidades de mierda que parecen hechas de papel celofán.
Hasta pido disculpas por demás, intentando recordar que jamás volveré a levantar el tono ante tal o cual persona, más allá de la pasión que le quiera poner a la cosa, porque nunca más voy a tener ganas de dar explicaciones de porqué soy como soy.
A veces hasta me resulta ¿irónico? que me reclamen que no sea como soy. Otras me parece que he respondido a la situación de la mejor manera posible, que solo he dicho, sin agregar nada a la frase y si eso ya hiere, entonces debiera pedir el retiro como oradora y cerrar la boca para siempre.
No es tan grave lo que digo, “pero lo decis con unos modos!”. Ah, claro, porque el mundo se ha ganado el premio a los bien hablados y yo quedé afuera del concurso. De adoquín está hecha la jeta de los que intentan instalar la culpa en mi cabeza.
No importa, para algo estudié teatro durante 5 años. Así es que voy a poner esa cara de pajera que me piden y no voy a objetar ni la pausa que se haga entre una oración y la otra. Voy a sonreír y a  mostrar una sonrisa complaciente, para que el otro pueda seguir hablando al pedo de muchas cosas que me importan 3 carajos y medio. No voy a expresar mi parecer, porque eso podría ofender y a los sensibles les hace mal escuchar lo que es y prefieren que les digan lo que parece.
Evidentemente la semana de la dulzura que se celebraba en julio, se pasó para febrero y yo no vi la publicidad. Por eso salieron todos los sensibles a dar vueltas cerca de donde me muevo y a reclamar que deje de ser tan hostil con mi pensamiento y mi palabra.
Porque claro, cuenta como hiriente solo lo que viene de mí, los demás con esas caras de verga y esas formas “dulces” y livianas de decir las cosas, a mí no me hieren.
Buscaré durante el día algún curso de trato diferencial para gente con sentimientos, así los trato como se merecen y me dejan de romper bien los huevos, de una buena vez por todas.
Menos mal que es jueves, si así hubiera empezado el lunes, esta sería la antesala del infierno. Pero está promediando la semana, así que seguramente ninguno tenga inconvenientes en irse bien a la mierda ni bien termine la última jornada laboral.
¿La ironía? La dejé en casa, a los sensibles les cuesta entenderla.

martes, 31 de enero de 2012

Escenas de mi vida cotidiana

Toco timbre y me atiende la encargada del edificio. Me equivoqué de timbre. Toco el timbre correcto. Salen dos chicas y tocan el timbre del lugar del que salen -supongo- y saludan a través del portero eléctrico y dicen “gracias”. Nadie atiende. Vuelvo a tocar y un hombre responde “sí, ¿quién es?”. Y yo respondo que vengo a ver a mi psicóloga. No digo “vengo a ver a mi psicóloga”, sino que digo su nombre, que preservo en la intimidad. Pero vos ponele el nombre que quieras.
Viajé 30 minutos en subte en hora pico, así es que me chorrea agua por donde se me mire. Empecé el viaje leyendo, pero me cansé en la mitad y cerré el libro y me dediqué a pensar de qué iba a hablar en mi sesión. Cuando bajo del subte discuto 1 minuto y medio conmigo misma respecto de la escalera por la que debo salir a la calle. Si lo hago por la escalera de la derecha, voy directo al consultorio. Faltan 5 minutos. Si lo hago por la escalera de la izquierda salgo a la zapatería y tengo ganas de ver las liquidaciones, pero no voy a comprar nada. Entonces ¿hasta qué punto me conviene salir por la escalera de la izquierda? Por otro lado, siempre salgo por la escalera de la derecha, alguna vez podría cambiar…
Está bien, salgo por la escalera de la izquierda. En la esquina hay un señor vendiendo frutas muy ricas a muy buen precio. Pero no voy a aparecer en terapia con un melón y media sandía.
Desde que salí de la oficina, necesito pasar por el toilette. Quizá cuando llegue al consultorio, lo utilice. Paso por la zapatería, hay cosas lindas pero no voy a comprar nada. Cruzo la calle y veo un kiosco. Tengo hambre, bastante. Empecé a desintoxicar mi cuerpo esta mañana y la comida ha sido escasa. No vale la pena intoxicarlo. Sin embargo, podría comprar unos caramelos. Pregunto por caramelos ácidos, el pibe antipático que atiende, sin mirarme, me dice “no hay”. Consulto si tiene algún caramelo y me dice “ahí adelante”. Un amor el pibe, una dulzura y dedicación al trabajo. Elijo unos que veo con forma de gajo de fruta y compro 10. Inmediatamente después de pagar, salgo casi corriendo para alcanzar el semáforo verde, pero cambia justo. Ok, de haber llegado temprano paso a llegar tarde. No está mal, siempre llego 10 minutos antes.
Y llego al momento en que toco el timbre y nadie atiende. Ya estoy comiendo un caramelo. Qué ricos son. Lo muerdo. Me arrepiento, podría costarme una muela. Finalmente atiende el señor que cité al principio. Paso. Subo un piso por escalera y toco el timbre. Nada, nadie atiende. De pronto escucho que la puerta de la calle se abre y una mujer entra cantando. Es ella, ese cantar tiene su tono de voz. Me da vergüenza, quiero hacer algún tipo de ruido para que ella sepa que estoy arriba y pare de cantar, pero no se me ocurre nada. Quiero ir al toilette, carajo. No voy a aguantar, me voy a hacer pis encima. Ella sube y yo me hago la distraída y no me doy vuelta hasta el momento en que  llega a la puerta.
Evidentemente quien me abrió la puerta no era una persona que se encontraba en el consultorio. Cuando ella abre la puerta, el consultorio está vacío y a oscuras. Como intentando disculparme, expreso: “ah, entonces no me abrieron de acá” y ella contesta “no” y yo me quedo recontra incómoda, como si hubiera entrado por la fuerza o engañando a alguien para que me abriera.
¿Y dónde está el pelotudo que le abre la puerta a cualquiera por el solo hecho de decir un nombre?
Me quedo en la sala de espera, como siempre, hasta que  ella venga y me diga “adelante”. Y chequeo que el celular esté en silencio y preparo el dinero que voy a abonar al final de la sesión y me topo con la bolsa de caramelos adentro de mi cartera. Dudo. Quiero comer otro caramelo. Pero y ¿si justo viene? Meto la mano en la cartera. Si lo desenvuelvo justo cuando ella abre la puerta, ¿qué hago? ¿le convido? Escucho pasos y saco la mano de la cartera. Me quedo quieta, casi congelada. No viene. Meto la mano de nuevo. Veo un caramelo de limón. Cualquiera es igual, el tema es quitarle el envoltorio y comerlo. Escucho pasos nuevamente. Saco el celular y disimulo ante nadie, porque estoy sola.
Bueno, basta! Se acabó, sacá el caramelo y déjate de joder. Sí, claro, ¿qué tiene de malo comer un caramelo? Si justo viene, me lo meto en la boca y paso y se acabó, ¿cuál es el problema?
Meto la mano en la cartera, saco el caramelo y escucho pasos. Puta madre. Meto el caramelo en la bolsa. Se abre la puerta y escucho “adelante”.
Si no hubiera perdido tanto tiempo pelotudeando e imaginándome pasos que no existieron, me hubiera comido la bolsa entera. Al toilette no fui, con tanta tarea de disimular la nada misma, me olvidé de las ganas de hacer pis. Qué mina pelotuda. ¿Existe alguien más que haya pensado tanto antes de comer un caramelo?

miércoles, 25 de enero de 2012

Mayday, Mayday, Mayday!

No quiero volver. Estoy acá hace más de una semana y todavía no quiero volver. No puedo volver.
Me duele darme cuenta de que allí están todos los personajes de la historia de mi vida, impávidos, con sus garras, esperando ansiosos para romperme bien las pelotas.
Los siento como un susurro sudoroso y maloliente en la nuca. La llegada a la oficina fue agradable. Nadie me habló, nadie me preguntó cómo había estado mi viaje. Quizá por eso no concilio el sueño desde entonces. De allí en más, me sentí con la libertad de no prestar atención a quienes se dirijan a mí en la búsqueda de un motivo de conversación. Me dediqué a responder cosas como “nada podría importarme menos en la vida” ante ‘cuentos’ que me contaron para tantear mi humor y mis ganas. También hice uso del “calmate y háblame bien” y de a poco todo se va ubicando en su lugar.
A pesar de que la rutina mata hasta al ser más rutinario, estoy intentando no volver a ella, pero patino y suelo caer al promediar la tarde. Como muchos que intentamos renovarnos al volver de un viaje, he tirado muchas cosas que hacía años reposaban en algún estante de algún mueble de la casa. He cambiado cosas de lugar y estoy empezando a “depurar” ropa ponible de ropa no ponible, en vistas de que el cuerpo se va asentando con el correr de los años y el pantalón talle 0 que me entraba a los 20 años, ya queda en el destierro.
Me he propuesto dejar los gritos y las discusiones buenas para nada de lado, pero he rozado algunas veces esos lugares comunes que me llevan directo a la rutina de mierda.
De a poco, como me digo siempre. De a poco iré reinsertándome en la realidad. De a poco iré armándome para afrontar las pelotudeces por venir. De a poco iré despertando a la ironía que me salva de matar y de morir, en este mundo de gente tan cuadrada y tan llena de ganas de romperme las pelotas.
Esto solo quiere ser un aviso de “aquí estoy, he vuelto, ya volveré”. Feliz comienzo para todos. Que los dragones nos acompañen este año.

viernes, 6 de enero de 2012

Comienzo que es final.

Para empezar el año ¡con todo!, a uno de mis compañeros de trabajo -falso como billete de 3 pesos argentinos- se le ocurrió organizar un almuerzo.
Mi alegría era inmensa, no veía la hora de acudir a un encuentro espontáneo entre la gente con la que me veo 9 hs diarias de las 14 hs que estoy despierta. Todo un lujo digno de la envidia del universo entero.
Como si tanta buena suerte no fuera suficiente, ese día una de mis compañeras tuvo su acostumbrado percance con su niña y, como quienes tienen hijos tienen beneficios, se retiró sin más de la oficina, sin la mínima intención de volver al mediodía para participar del ágape.
Cuando se acercó la hora de sentarnos a degustar algún plato excesivamente caro en un lugar elegido por un pobre tipo que lo único que tiene es plata, todos tenían algún compromiso que los retrasaba.
Yo, para marcar una vez más la diferencia, no tenía absolutamente nada que hacer más que esperar a que el resto de los asistentes estuviera disponible. Así fue como el almuerzo se atrasó una hora y finalmente participamos 3 personas, de las cuales 1 era yo y las otras dos son personas a las que no soporto más de medio minuto y con las que no quisiera cruzarme nunca más.
Con lo cual, el almuerzo fue una tortura china que pareció eterna. Comenzó con un diálogo entre los dos asistentes relacionado con las vacaciones. Se sacaron los ojos en el intento de ver quién había viajado a más lugares y más lejos. Luego siguieron hablando de la empresa, de sus compañeros, de “la vieja” (en alusión a su jefa) y de lo mal que trabaja todo el mundo. Ellos, está de más la aclaración, son los que mejor trabajan pero no están dadas las condiciones para que lo hagan en la empresa a la que pertenecen, con lo cual nadie puede darse cuenta de sus capacidades.
Siguieron haciendo sus críticas a los psicólogos, alegando que los psiquiatras (¿?) habían pasado por la vida de sus familiares (nunca de ellos) para complicarles las vida. Agregaron que estos profesionales estudian únicamente para solucionar sus locuras y luego lucran con los demás.
Más tarde abordaron el tema de los hijos, donde yo quedo completamente al margen y gracias a Dios no tengo que inventar caras para evitar hacer el mínimo comentario. Se aconsejaron y se criticaron en sus tácticas y estrategias parentales.
Finalmente se encargaron de poner su arsenal de frases discriminatorias sobre la mesa y hacer un potpurrí con sus prejuicios, para finalizar con un par de consejos mutuos de cómo se supone que se debe vivir la vida.
No dejaron de mirar con asco a un niño que pasó por la mesa pidiendo pan ni a una señora que vendía curitas.
Durante esas dos horas, me dediqué a intentar esconder mis sentimientos de odio y rechazo detrás de caras de “yo no fui” o de “qué tonta soy que no entiendo” o de “me perdí, ¿de qué hablan?” como única alternativa a la masacre que hubiera provocado si reaccionaba. Tuve miedo de ser descubierta, pero años de teatro me dieron una mano para salir ilesa de la situación.
Fue un placer haber asistido al último almuerzo de trabajo del que participaré jamás. La comida me la podría haber preparado yo en casa. Mis compañeros con excusas pasaron por la guillotina de los asistentes, lo que no garantiza que yo no pase tarde o temprano por ahí, a pesar de haber asistido sin más.
Así es que a partir de ahora me dedicaré a tener turnos médicos de último momento, llamados de auxilio de algún familiar y/o mucho trabajo como para salir a comer.
Por suerte, en unas horas me voy de vacaciones y no tendré que verles la cara a esta manga de infelices hijos de puta, al menos por una semana.