Buenos días y bienvenidos a la ironía que le pongo al día a día, para que pese menos...

lunes, 19 de marzo de 2012

Abono para pelotudos

Las situaciones más insólitas y enfermizas me ocurren a mí. No sé si tengo pago un abono de nacimiento, si lo adquirí en algún pedo que me agarré en mis días de joda o si, como las enfermedades autoinmunes, siempre estuvo conmigo y ahora se empieza a manifestar, como despertando de un sueño eterno.
No importa el origen, la cuestión es que este abono de situaciones que me desquician es como el descuento de los domingos en combustible, termino usándolo sin querer y sin aviso.
Hace una semana me enteré que en una gran tienda de Buenos Aires hacían un descuento por pago con una tarjeta de crédito y débito. Como tengo otro abono, que es congénito y que consiste en comprar cualquier cosa -necesaria o no- si está en oferta, le conté a una amiga que iba a pasar por la tienda a “ver qué puedo comprar”. Mi amiga, que realmente necesitaba comprar algo y que no tenía oportunidad de pasar por la tienda, me pidió que averiguara el precio y los descuentos en la compra de un sommier.
Ok, como me encanta perder mi tiempo viendo qué puedo comprar, no tuve inconvenientes en hacerle el favor y, en mi obsesión por arrastrar a otros hacia la compra compulsiva al pedo, invité a otra amiga a pasear por la tienda. En realidad, sospecho que mi amiga no volverá a acompañarme jamás, porque lo que ella suponía un paseo tranquilo en horario de almuerzo terminó convirtiéndose en una carrera contra el resto de las personas que también iban a aprovechar los descuentos y que estaban a punto de copar la tienda.
Pero el abono no lo utilicé para realizar compras con mi amiga, si no para hacerle el favor a mi otra amiga. Créanme, hay que estar en mi cuerpo para saber cuántas ganas de patear culos se pueden tener.
Entramos en la tienda, fuimos al subsuelo en busca de los sommiers y me dirigí sin vacilar al escritorio en el que se encontraban los vendedores de sommiers. Uno cree que si existen vendedores para cada rubro es por algún propósito en particular. También cree que ese propósito debe tener que estar directamente relacionado con el asesoramiento, la practicidad y la mejor atención del cliente.
Pero también uno cree en Dios, otro cree en Buda, otro en Santa Claus y así estamos. Yo creí. Creí que acercándome al escritorio del personal que se encuentra en el área de sommiers, iba a encontrar esa mejor atención al cliente a la que hacía mención. Y de pronto, me sentí obligada a dejar de creer (lo mío en cursiva):

- Buen día
- ……
- (Este es el momento en que debí huir) Buen día
- Hola
- Estoy buscando un somier rosen de 1,60 x 2 y quiero ver las opciones para la compra con el descuento de hoy
- No hay ningún descuento
- Lo tenes en el cartel de ahí, arriba del colchón
- (Dirigiéndose a otro empleado) ¿Hay descuento?
- Si, hay descuento / Si, hay descuento
- No sabía
- (Genial, me adjudiqué un pelotudo) Quiero saber cuáles son los de 1,60 x 2
- Ahh, pero no, los tenes que probar primero
- Solo quiero saber los precios de los de esa medida que entran en la promoción
- Pero elegí uno y probalo
- (Otra vez, pelotudo!!) Es que no es para mí
- Ahhh no! Si no es para vos, entonces tiene que venir la persona
- (Pará hijo de puta, no es una casa, es un colchon!!!!) Es que la persona no puede venir y me pidió que consulte por el precio
- Pero no te puedo dar un precio si no lo prueban, ¿cómo vas a comprar un sommier sin probarlo? ¿Y si no te gusta o te hace mal o no lo sentís cómodo?
- Pero decime todos los precios y cuando la persona venga, lo prueba
- No, primero que lo pruebe y después le doy el precio. No te puedo dar el precio de algo……
A esta altura yo ya estaba subiendo las escaleras mecánicas, seguida por mi amiga, un tanto avergonzada y otro tanto confundida, mientras repetía “no puedo creer que sea tan pelotudo!”
Por lo menos tengo una testigo de que tengo mucha mala suerte o de que el mundo está repleto de pelotudos y todos se topan conmigo!
A pesar de todo, mi amiga entro en la página de internet de la tienda y compró su sommier. Y ¿sabés qué, pelotudo? No lo probó!!!!!

jueves, 8 de marzo de 2012

¿Para qué mierda existen los vecinos?

Antes que nada y aunque no hace falta aclarar, quiero dejar por escrito que odio a los vecinos, no importa de qué departamento sean. Los odio a todos. Dicho esto, va la anécdota.
Estoy sola en el departamento. Son casi las diez de la noche y me pongo a cocinar, aunque sé que no voy a cenar porque no tengo hambre. Guardaré la comida para el día siguiente. Saco las verduras de la heladera, las lavo y justo cuando voy a clavar el cuchillo en la primera cebolla limpia, suena el timbre. Qué raro, no espero a nadie nunca y menos un miércoles a las 10 de la noche. Voy hasta la puerta y pregunto quién es. Me responden “del 15”. En mi edificio los departamentos están identificados con números en lugar de letras. No recuerdo quién es del 15. Miro a través de la cerradura y solo veo un antebrazo apoyado en la puerta. Qué descaro, apoyar el brazo en mi puerta. Retiro la mirada y vuelvo a mirar y pienso que quizá no hay nadie del 15 allí afuera y que no bien abra la puerta pueden entrar a robarme. Entonces retrocedo, dejo el repasador en una silla, pongo el televisor en mudo y cierro la puerta de mi dormitorio, supongo que porque no sé qué hacer. Camino nuevamente hacia la puerta y vuelvo a preguntar quién es y me responden nuevamente “del 15”. No sé quién carajo es del 15, así que pongo la traba de la puerta y abro, pero la puerta queda entornada y mi corazón late a 2000 por hora. Parezco una anciana de barrio. Veo que es el pesado del 15, así que quito la traba y abro. Ya recordé que el tipo da vueltas y vueltas y vueltas al hablar, así es que inhalo y le pregunto qué necesita.
Me cuenta que una prima no fue a una oficina a hacer algo que tenía que hacer y que ahora le dicen que tiene 10 días…. “¿10 días para qué?”, le pregunto. Otra vez comienza con el relato, mientras sostiene un papel en su mano que por momentos me muestra y por momentos dobla. Pero no es claro, me cuesta entender por qué sorete tengo que estar en short, remera y ojotas, hablando con un pelotudo en la puerta de mi casa un miércoles a las 10 de la noche. A ver, yo estaba tranquila en mi casa a punto de cortar una cebolla, ¿por qué mierda abrí la puerta? Me podría haber hecho la muerta, estoy en todo mi derecho porque en mi casa hago lo que quiero y eso incluye no abrir la puerta de entrada!
Ok, inhalo nuevamente y le pido que me explique qué sorete necesita la prima. Entonces otro relato confuso donde me dice que tiene 10 días y le preguntó para qué tiene 10 días y finalmente logra decirme que la prima no obtuvo la residencia y que necesita que Migraciones reconsidere su pedido, para lo cual tiene 10 benditos días y (el cree que) tiene que “escribir una carta”. La carta en realidad es lo que en nuestro país se llama un “recurso de reconsideración” y este tipo que me rompe las pelotas pretende que yo lo haga ‘de onda’. Como no me lo dice directamente, le pregunto ‘y vos ¿qué querés que haga yo?' Y el responde “vos ¿podes escribir la carta?” y yo le digo “no, yo no puedo, porque yo no me dedico a esa rama. Pero te puedo recomendar un lugar donde te van a asesorar y te van a ‘escribir la carta’ gratis”. Mientras intento entender cómo existe gente con la cara tan dura, le explico que el lugar que le estoy recomendando es un centro de asesoramiento jurídico gratuito y que la prima puede ir sin problemas y él, mientras hace cara de disgusto y desinterés, intenta retroceder en los 10 centímetros de pasillo que lo separan de la pared. Y yo me siento la más boluda por estar perdiendo mi tiempo con un pesado desubicado que, encima, se digna a rechazar mi alternativa para su puta prima. Me dan ganas de decirle “si no decile a tu prima que se vuelva a su país y ándate vos con ella y asunto solucionado” pero me contengo, porque supongo que en cuanto le dé los datos, se va a ir.
Groso error. Me pregunta si al lugar que le estoy recomendando lo llaman “multi algo..” y yo le contesto que no, que en el lugar que le estoy recomendando yo trabajé 3 años, que los profesionales son excelentes y que lo van a poder ayudar y me cuenta que antes consultó con alguien más (un anónimo parece) y que lo envió a un centro barrial. Bien, me encanta como la gente tiene menos información que el envoltorio de un chicle.
Cuando le devuelvo su papel con la dirección, días y horarios de atención apuntados, me dice “vos sabes que yo tuve un problema en mi comercio” y comienza a relatarme el problema que me importa 3 pelotas y que me recuerda por qué nunca debí abrir la puerta. Es que, ¿acaso pegaron un cartel en mi puerta que invita a todo el mundo a que le solucione los problemas?. Me cuenta 4 veces lo mismo y vuelvo a decirle que yo no puedo ayudarlo en eso porque ‘no es mi rama’ y le sugiero que se vaya con la prima. De paso, me dejan de romper bien las pelotas a mí, ¿no?
Y me mira, se queda ahí parado y me mira y me dan ganas de pedirle que dé un paso hacia adelante, así yo cierro la puerta con toda mi fuerza y le vuelo la nariz de la jeta. Hasta que empiezo a entornar la puerta, en señal de “tengo una vida y la quiero seguir disfrutando”. Se da cuenta y me dice “me voy”. Aleluia, era hora!!! Y cuando cierro la puerta, ya dentro de mi casa, recuerdo quién era este tipo.
Es el hijo de puta que cuando, hace un año armé una reunión de vecinos y pedí firmas para poder cambiar la administración, porque la que todavía está no quiere pagar un gasto que le corresponde, se hizo el pelotudo y no quiso firmar ni participar de nada.
Ojalá vuelva a tocar el timbre pronto, así me escucha él a mí y nunca más vuelve a romperme las bolas. Odio a los vecinos!

martes, 6 de marzo de 2012

La comunicación y la puta que lo parió

Está bueno haber cambiado mi número de teléfono celular luego de haberlo tenido durante 14 años. Sobre todo, cuando hace 15 días no paran de romper las pelotas con la “portabilidad numérica” o la posibilidad de quedarte de por vida con tu número de celular, independientemente de la empresa con la que contrates el servicio.
La razón por la que cambié el número fue porque estaba podrida de que me “robaran” todos los meses con cargos fijos inventados, acceso a internet imposibles (teniendo en cuenta que mi equipo apenas marcaba y andaba a ruedas) y cargos tan variables como el clima.
Listo, me comuniqué, pegué mil gritos y cambié mi número. Pero mantuve la empresa. Porque sí, porque soy una infeliz. Ahora tengo un número que muy poca gente sabe que tengo, no avisé a muchos molestos que ya no tengo el número anterior (así les queda el dedo mocho de marcarlo) y tengo un plan nuevo que no termina de colmar mis expectativas, pero que abarata costos.
Y todos contentos cambiándose de empresa de telefonía celular y yo, cual niño aburrido mirando desde su habitación cómo todos juegan mientras él está en penitencia.
Convengamos en lo siguiente: las empresas de telefonía celular son una mierda grande como una casa. Los celulares ya no funcionan para hablar. Eso sí, podes jugar a los jueguitos, mantener la agenda actualizada, calcular el equivalente en libras de una cantidad X de kilos, hacer cuentas, chatear, buscar algo en google, usarlo de GSP. Pero hablar no podes, porque no tenes señal o porque te comieron el crédito mandándote mensajes del orto con textos como “te ganaste 10000 pesos, marcá *la concha de tu hermana y averiguá dónde retirarlos”. Dale, ya marco y de paso reclamo todos los autos y las play station que me avisaron que me gané en otros mensajes. Ah y la factura te la pago con los 10000 que me gané, porque crédito no tengo porque me lo comieron tus mensajes de mierda.
Quiza, luego de mucho intentar, la llamada se va al contestador que ni el dueño del celular sabe que tiene y dejo un mensaje urgente al recontra pedo, porque cuando finalmente logre dar con la persona, me va a decir que no sabía que tenía contestador.
Ahora, ¿por qué la manía de andar con el teléfono para todos lados? ¿Por qué la impresión constante de que vibra en el bolsillo o en la cartera, cuando el equipo está apagado? ¿Por qué la necesidad de mirar el display cada 2 segundos para ver si recibo algún mensaje?
Si hace 10 años no lo necesitábamos. Si cuando me voy de vacaciones ni me lo llevo y sobrevivo igual. Si el hecho de saber que algo no va a vibrar entre mis cosas me genera más libertad que angustia.
¿No estaría mejor volver a hablar con teléfonos públicos desde las calles? Ahora lo único que se ve y que me da pena mezclada con bronca, es un montón de manos moviendo los dedos como locos sobre un aparatito en cualquier lugar, chateando con ese sistema interno de los teléfonos jodidos y mucha gente que ni sabe de qué color es el cabello de la persona que tiene al lado.
También me da bastante pena que niños y niñas desde los 12 años anden compitiendo entre sí por el equipo que tienen y por el abono que sus padres les pagan. ¿Para qué sorete necesita un blackberry un pendejo? Que tenga un teléfono para poder comunicarse con los padres, podría entenderlo si me lo propongo. Pero de ahí al blackberry, cómo se les va la mano a muchos…
Igual, el propósito de la larga introducción comunicacional fue simplemente para pedirle a las empresas que, junto con la portabilidad, implementen el servicio “Me llamas si yo quiero”. Porque esta nueva moda de tener números “amigos” me está cagando la vida. Hay mucha gente que se cree “amiga” y que te agrega como un número al cual llamar sin cargo y termina rompiéndote soberanamente las bolas. A mí, ¿me consultaron si quería recibir llamados de un fulano cada 5 minutos? Porque el abuso abunda en esta sociedad y como las llamadas son gratuitas, varios hinchapelotas se creen con derecho a llamarte cada 5 minutos y hablarte pelotudeces para justificar el abono que pagan.
Bueno señores dueños de empresas de telefonía celular, además de robarme durante 14 años y de forzarme a cambiar mi número para abaratar costos, ustedes son los culpables de que cierta gente me rompa los huevos todos los días. Así que quiero dar la baja de mi línea, por culpa y responsabilidad del servicio de mierda de número amigo que le dan a cualquiera, sin chequear siquiera si es o no es mi amigo. Armen un registro de amigos de clientes antes de ofrecer el servicio y pongan en mi legajo de datos: no tiene amigos ni quiere tenerlos!

viernes, 17 de febrero de 2012

La cara de culo confunde

Posta que tengo cara de que me encanta que me cuenten mierdas y cosas totalmente inoportunas y que me chupan bien un huevo. No dormí mucho anoche, con lo cual me viene bárbaro que en este trabajo todo el mundo llegue a la hora que se le canta. Porque yo llego a horario y eso me deja entre 1 y 2 hs de soledad necesaria para organizarme mentalmente para manejar soretes. Son las 10 de la mañana, entra a la oficina un compañero que durante el último mes me dirigió la palabra 2 veces y parado frente a mi escritorio -con mi cara de orto que parece ya no frenar nada- me cuenta (él en cursiva, yo en letra común):
-          Qué pesados se ponen los viejos, no quieren hacer nada
-          ¿Nada de qué?
-          Nada
-          Bueno, la gente se pone difícil con la edad
-          No
-          …..
-          Anoche le puse a mi vieja 2 pañales. Al de arriba le hago agujeritos para que pase, para que absorba más. Entonces…
-          ….. (mucha cara de orto)
-          … tengo que ponerle unas cintas más grandes para que suba y calce…
-          ….. (mucha más cara de orto y mirada al horizonte, mientras pienso “¿en serio me estás contando esto?”)
-          … y le digo a mi vieja antes de venirme: ‘ponele la cinta’. Y me pregunta ‘¿a este pañal?’ Y le respondo, ‘a todo el paquete mamá!!’. Y me dice que lo hace a la tarde. Y le pregunto ‘¿por qué? ¿ahora qué tenes que hacer?’ Jajajajajajaja
-          ….
-          ….
-          ….
Me estás tomando el pelo, ¿no? ¿Tan hijo de puta sos o pelotudo en exceso? ¿Realmente crees que me importa ALGO lo que me estás contando? ¿Respetas un chiquitín tu intimidad como para guardarte algo o contas también qué haces vos cuando vas al baño?
La puta madre, es viernes y estoy a punto de irme de vacaciones, porque de lo contrario ya hubiera cagado a trompadas a este sorete. No creo que exista otra persona a la que tanta gente le cuente de los pañales y mierdas de todos sus parientes.
Hola!!!!! Este no es el baño!!!! Que tenga cara de orto todo el tiempo no implica que tenga que bancarme las anécdotas escatológicas del mundo, no!!!! Significa que no te banco y que no quiero que me hables nunca más, sorete!

miércoles, 15 de febrero de 2012

Banquemos a los guardavidas

El calor roza lo insoportable unos minutos después de las 10 de la mañana y de fondo se escucha “Oh, my love…”, canción que hizo famosa a la película “Ghost, la sombra del amor” ¿o fue al revés?
No importa, el caso es que es demasiado temprano para que me ponga de mal humor, pero la sola alusión al tema ya me rompe las pelotas.
Al rato escucho que el conductor de radio invita a los oyentes a comunicarse y contarnos a todos, incluso a mí que me importa tres carajos, cómo se conocieron los tortolitos de turno. Cambio, no voy a ser parte de esto. Chequeo mis mails. Todas las ofertas en los sitios de descuento en internet están relacionadas con la fecha. ¿Eso no debiera bastar para subrayar mi punto? ¿Cuál es mi punto? Que todas estas fechas son producto de la mierda comercial que importamos y que no debiéramos adherir a ella, cuando ni siquiera sabemos quién mierda era San Valentín!
Sí, lo contaron 100 veces ayer, pero por una razón u otra el destino no quiso que escuchara la historia. Así que la busqué en internet. Lo primero que encuentro es que San Valentín es una celebración tradicional de origen anglosajón. Bien! Qué bueno importar mierda! Lo siguiente que leo es que en algunos países se celebra como el día de la amistad y el amor. Por favor, por el bien de mis nervios, otro día del amigo no!!!
Y finalmente lo encuentro: San Valentín era un sacerdote que celebraba matrimonios en secreto, porque los mismos habían sido prohibidos por el Emperador, que sostenía que los soldados solteros eran mejores guerreros.
Bien, de ahí vamos directamente a la docena de flores al triple del precio habitual, a la publicidad estúpida de chocolates, en un día en el que hay alerta por el calor y nadie con dos neuronas en funcionamiento se comería un chocolate, ni comprado ni regalado.
Y si nos ponemos bien jodidos, tendríamos que pensar un poco más si San Valentín merece la pena tanto festejo. Por algo era sacerdote. Nunca se habrá casado, con lo cual nunca realmente supo si hacía un bien o les cagaba la vida a muchos hombres y mujeres con su trasgresión a las órdenes del emperador. Habria que haber rastreado años más tarde a aquellos rebeldes que fueron unidos en matrimonio por este señor y ver cuán contentos estaban.
En la televisión pasan las notas de mierda de siempre, donde le preguntan a la mujer qué le gustaría que le regalara su novio, qué hace si su novio se olvida de la fecha –algo prácticamente imposible, porque hasta una casa de rulemanes tiene alguna alusión al día-, cuánto hace que está de novia y millones de otras preguntas pelotudas que no le cambian la vida a nadie.
También habrá que bancarse todas las canciones de mierda que pasen en la radio, todos los saludos que se hagan entre sí los amantes y todas las quejas de aquellas mujeres solteras. Los móviles en vivo visitarán las plazas de la ciudad, en busca de alguna pareja que camine de la mano; recorrerán los registros civiles porque el mundo está lleno de gente que piensa que ¿la pareja durará más? si se casa un 14 de febrero y finalizará la expedición pelotuda del amor, visitando algún bar en el que un par de mujeres, borrachas quizá, saluden a la cámara. No importará la razón que haya reunido a estas dos mujeres, en televisión dirán que están tristes porque están solas, porque solo las mujeres nos ponemos tristes y solo a nosotras nos afecta la soledad el día de San Valentín.
Camino a casa y pensando en jamás festejar semejante día marketinero, me crucé con varios hombres que se escondían detrás de un inmenso ramo de flores y me pregunté hasta dónde el regalo sería sincero y desde dónde sólo se iba a hacer para impedir reproches o comparaciones odiosas del estilo de “a Marina el novio le regaló un ramo de flores y la llevó a cenar y vos ni feliz día me dijiste!”.
Tuve que sufrir la desgracia de ser saludada por el día de “los enamorados” por alguien que no es mi media naranja, solo porque “vos estás enamorada”. Mierda! Es como el día del amigo, una plaga incontrolable!!!
Es obvio que este día me provoca urticaria. Lo que sí me gustaría decirles a los solteros, más allá de eso, es que si siguen puteando porque están solos el 14 de febrero, la cosa se va a propagar cada vez más, hasta volverse incontrolable. Sin ir más lejos, en los diarios digitales publicaron fotos de “El día de San Valentín en el Mundo” y se podía observar a un montón de parejas, rodeadas de globos con forma de corazón, con osos de peluche en la mano, casándose en grupo o rodeados de flores. Cada foto tenía en su título el nombre de un país distinto y todas parecían tomadas aquí a la vuelta. ¿Tan necesario es todo esto? ¿Es contagiosa la pelotudez desmedida?
Así que, por favor, no continúen con la “campaña” de llanto y lamento por la soledad vivida en un día de mierda como este. En su lugar y como plantearon en alguna publicidad ‘cool’, festejen el día del guardavidas y no rompan más las pelotas con la idea de que el 13 de febrero sea el día de los solteros, porque los "enamorados" redoblarán la apuesta y febrero se va a convertir en el mes del amor y ese día me mudo de planeta!
¿El día del rompe bolas cuándo carajo es?
Y la estúpida de la radio, hoy miércoles, nos desea buen día y que no se corte “esta onda del amor”.

jueves, 9 de febrero de 2012

Los sensibles y yo no somos compatibles

La gente sensible me tiene las pelotas llenas. Parece que todo hay que sugerirlo con delicadeza. Pero nada se puede “decir”, porque hiere. Todo se tiene que esbozar con una sonrisa amable y casi como deslizando mariposas de colores de la boca al aire.
No importa que la gente sensible me conozca desde hace 700 años y sepa exactamente que el tono de mi voz y el contenido de mis frases no es una agresión hacia el otro. Importa que el otro se pone sensible y le cae mal lo que digo.
Entonces, doble laburo. Ahí me tengo que poner a explicar que mi tono es mi tono, que me rompe las pelotas que a la edad que tengo, todavía no se den cuenta de que hablo así porque sí y no porque intento herir susceptibilidades de mierda que parecen hechas de papel celofán.
Hasta pido disculpas por demás, intentando recordar que jamás volveré a levantar el tono ante tal o cual persona, más allá de la pasión que le quiera poner a la cosa, porque nunca más voy a tener ganas de dar explicaciones de porqué soy como soy.
A veces hasta me resulta ¿irónico? que me reclamen que no sea como soy. Otras me parece que he respondido a la situación de la mejor manera posible, que solo he dicho, sin agregar nada a la frase y si eso ya hiere, entonces debiera pedir el retiro como oradora y cerrar la boca para siempre.
No es tan grave lo que digo, “pero lo decis con unos modos!”. Ah, claro, porque el mundo se ha ganado el premio a los bien hablados y yo quedé afuera del concurso. De adoquín está hecha la jeta de los que intentan instalar la culpa en mi cabeza.
No importa, para algo estudié teatro durante 5 años. Así es que voy a poner esa cara de pajera que me piden y no voy a objetar ni la pausa que se haga entre una oración y la otra. Voy a sonreír y a  mostrar una sonrisa complaciente, para que el otro pueda seguir hablando al pedo de muchas cosas que me importan 3 carajos y medio. No voy a expresar mi parecer, porque eso podría ofender y a los sensibles les hace mal escuchar lo que es y prefieren que les digan lo que parece.
Evidentemente la semana de la dulzura que se celebraba en julio, se pasó para febrero y yo no vi la publicidad. Por eso salieron todos los sensibles a dar vueltas cerca de donde me muevo y a reclamar que deje de ser tan hostil con mi pensamiento y mi palabra.
Porque claro, cuenta como hiriente solo lo que viene de mí, los demás con esas caras de verga y esas formas “dulces” y livianas de decir las cosas, a mí no me hieren.
Buscaré durante el día algún curso de trato diferencial para gente con sentimientos, así los trato como se merecen y me dejan de romper bien los huevos, de una buena vez por todas.
Menos mal que es jueves, si así hubiera empezado el lunes, esta sería la antesala del infierno. Pero está promediando la semana, así que seguramente ninguno tenga inconvenientes en irse bien a la mierda ni bien termine la última jornada laboral.
¿La ironía? La dejé en casa, a los sensibles les cuesta entenderla.

martes, 31 de enero de 2012

Escenas de mi vida cotidiana

Toco timbre y me atiende la encargada del edificio. Me equivoqué de timbre. Toco el timbre correcto. Salen dos chicas y tocan el timbre del lugar del que salen -supongo- y saludan a través del portero eléctrico y dicen “gracias”. Nadie atiende. Vuelvo a tocar y un hombre responde “sí, ¿quién es?”. Y yo respondo que vengo a ver a mi psicóloga. No digo “vengo a ver a mi psicóloga”, sino que digo su nombre, que preservo en la intimidad. Pero vos ponele el nombre que quieras.
Viajé 30 minutos en subte en hora pico, así es que me chorrea agua por donde se me mire. Empecé el viaje leyendo, pero me cansé en la mitad y cerré el libro y me dediqué a pensar de qué iba a hablar en mi sesión. Cuando bajo del subte discuto 1 minuto y medio conmigo misma respecto de la escalera por la que debo salir a la calle. Si lo hago por la escalera de la derecha, voy directo al consultorio. Faltan 5 minutos. Si lo hago por la escalera de la izquierda salgo a la zapatería y tengo ganas de ver las liquidaciones, pero no voy a comprar nada. Entonces ¿hasta qué punto me conviene salir por la escalera de la izquierda? Por otro lado, siempre salgo por la escalera de la derecha, alguna vez podría cambiar…
Está bien, salgo por la escalera de la izquierda. En la esquina hay un señor vendiendo frutas muy ricas a muy buen precio. Pero no voy a aparecer en terapia con un melón y media sandía.
Desde que salí de la oficina, necesito pasar por el toilette. Quizá cuando llegue al consultorio, lo utilice. Paso por la zapatería, hay cosas lindas pero no voy a comprar nada. Cruzo la calle y veo un kiosco. Tengo hambre, bastante. Empecé a desintoxicar mi cuerpo esta mañana y la comida ha sido escasa. No vale la pena intoxicarlo. Sin embargo, podría comprar unos caramelos. Pregunto por caramelos ácidos, el pibe antipático que atiende, sin mirarme, me dice “no hay”. Consulto si tiene algún caramelo y me dice “ahí adelante”. Un amor el pibe, una dulzura y dedicación al trabajo. Elijo unos que veo con forma de gajo de fruta y compro 10. Inmediatamente después de pagar, salgo casi corriendo para alcanzar el semáforo verde, pero cambia justo. Ok, de haber llegado temprano paso a llegar tarde. No está mal, siempre llego 10 minutos antes.
Y llego al momento en que toco el timbre y nadie atiende. Ya estoy comiendo un caramelo. Qué ricos son. Lo muerdo. Me arrepiento, podría costarme una muela. Finalmente atiende el señor que cité al principio. Paso. Subo un piso por escalera y toco el timbre. Nada, nadie atiende. De pronto escucho que la puerta de la calle se abre y una mujer entra cantando. Es ella, ese cantar tiene su tono de voz. Me da vergüenza, quiero hacer algún tipo de ruido para que ella sepa que estoy arriba y pare de cantar, pero no se me ocurre nada. Quiero ir al toilette, carajo. No voy a aguantar, me voy a hacer pis encima. Ella sube y yo me hago la distraída y no me doy vuelta hasta el momento en que  llega a la puerta.
Evidentemente quien me abrió la puerta no era una persona que se encontraba en el consultorio. Cuando ella abre la puerta, el consultorio está vacío y a oscuras. Como intentando disculparme, expreso: “ah, entonces no me abrieron de acá” y ella contesta “no” y yo me quedo recontra incómoda, como si hubiera entrado por la fuerza o engañando a alguien para que me abriera.
¿Y dónde está el pelotudo que le abre la puerta a cualquiera por el solo hecho de decir un nombre?
Me quedo en la sala de espera, como siempre, hasta que  ella venga y me diga “adelante”. Y chequeo que el celular esté en silencio y preparo el dinero que voy a abonar al final de la sesión y me topo con la bolsa de caramelos adentro de mi cartera. Dudo. Quiero comer otro caramelo. Pero y ¿si justo viene? Meto la mano en la cartera. Si lo desenvuelvo justo cuando ella abre la puerta, ¿qué hago? ¿le convido? Escucho pasos y saco la mano de la cartera. Me quedo quieta, casi congelada. No viene. Meto la mano de nuevo. Veo un caramelo de limón. Cualquiera es igual, el tema es quitarle el envoltorio y comerlo. Escucho pasos nuevamente. Saco el celular y disimulo ante nadie, porque estoy sola.
Bueno, basta! Se acabó, sacá el caramelo y déjate de joder. Sí, claro, ¿qué tiene de malo comer un caramelo? Si justo viene, me lo meto en la boca y paso y se acabó, ¿cuál es el problema?
Meto la mano en la cartera, saco el caramelo y escucho pasos. Puta madre. Meto el caramelo en la bolsa. Se abre la puerta y escucho “adelante”.
Si no hubiera perdido tanto tiempo pelotudeando e imaginándome pasos que no existieron, me hubiera comido la bolsa entera. Al toilette no fui, con tanta tarea de disimular la nada misma, me olvidé de las ganas de hacer pis. Qué mina pelotuda. ¿Existe alguien más que haya pensado tanto antes de comer un caramelo?

miércoles, 25 de enero de 2012

Mayday, Mayday, Mayday!

No quiero volver. Estoy acá hace más de una semana y todavía no quiero volver. No puedo volver.
Me duele darme cuenta de que allí están todos los personajes de la historia de mi vida, impávidos, con sus garras, esperando ansiosos para romperme bien las pelotas.
Los siento como un susurro sudoroso y maloliente en la nuca. La llegada a la oficina fue agradable. Nadie me habló, nadie me preguntó cómo había estado mi viaje. Quizá por eso no concilio el sueño desde entonces. De allí en más, me sentí con la libertad de no prestar atención a quienes se dirijan a mí en la búsqueda de un motivo de conversación. Me dediqué a responder cosas como “nada podría importarme menos en la vida” ante ‘cuentos’ que me contaron para tantear mi humor y mis ganas. También hice uso del “calmate y háblame bien” y de a poco todo se va ubicando en su lugar.
A pesar de que la rutina mata hasta al ser más rutinario, estoy intentando no volver a ella, pero patino y suelo caer al promediar la tarde. Como muchos que intentamos renovarnos al volver de un viaje, he tirado muchas cosas que hacía años reposaban en algún estante de algún mueble de la casa. He cambiado cosas de lugar y estoy empezando a “depurar” ropa ponible de ropa no ponible, en vistas de que el cuerpo se va asentando con el correr de los años y el pantalón talle 0 que me entraba a los 20 años, ya queda en el destierro.
Me he propuesto dejar los gritos y las discusiones buenas para nada de lado, pero he rozado algunas veces esos lugares comunes que me llevan directo a la rutina de mierda.
De a poco, como me digo siempre. De a poco iré reinsertándome en la realidad. De a poco iré armándome para afrontar las pelotudeces por venir. De a poco iré despertando a la ironía que me salva de matar y de morir, en este mundo de gente tan cuadrada y tan llena de ganas de romperme las pelotas.
Esto solo quiere ser un aviso de “aquí estoy, he vuelto, ya volveré”. Feliz comienzo para todos. Que los dragones nos acompañen este año.

viernes, 6 de enero de 2012

Comienzo que es final.

Para empezar el año ¡con todo!, a uno de mis compañeros de trabajo -falso como billete de 3 pesos argentinos- se le ocurrió organizar un almuerzo.
Mi alegría era inmensa, no veía la hora de acudir a un encuentro espontáneo entre la gente con la que me veo 9 hs diarias de las 14 hs que estoy despierta. Todo un lujo digno de la envidia del universo entero.
Como si tanta buena suerte no fuera suficiente, ese día una de mis compañeras tuvo su acostumbrado percance con su niña y, como quienes tienen hijos tienen beneficios, se retiró sin más de la oficina, sin la mínima intención de volver al mediodía para participar del ágape.
Cuando se acercó la hora de sentarnos a degustar algún plato excesivamente caro en un lugar elegido por un pobre tipo que lo único que tiene es plata, todos tenían algún compromiso que los retrasaba.
Yo, para marcar una vez más la diferencia, no tenía absolutamente nada que hacer más que esperar a que el resto de los asistentes estuviera disponible. Así fue como el almuerzo se atrasó una hora y finalmente participamos 3 personas, de las cuales 1 era yo y las otras dos son personas a las que no soporto más de medio minuto y con las que no quisiera cruzarme nunca más.
Con lo cual, el almuerzo fue una tortura china que pareció eterna. Comenzó con un diálogo entre los dos asistentes relacionado con las vacaciones. Se sacaron los ojos en el intento de ver quién había viajado a más lugares y más lejos. Luego siguieron hablando de la empresa, de sus compañeros, de “la vieja” (en alusión a su jefa) y de lo mal que trabaja todo el mundo. Ellos, está de más la aclaración, son los que mejor trabajan pero no están dadas las condiciones para que lo hagan en la empresa a la que pertenecen, con lo cual nadie puede darse cuenta de sus capacidades.
Siguieron haciendo sus críticas a los psicólogos, alegando que los psiquiatras (¿?) habían pasado por la vida de sus familiares (nunca de ellos) para complicarles las vida. Agregaron que estos profesionales estudian únicamente para solucionar sus locuras y luego lucran con los demás.
Más tarde abordaron el tema de los hijos, donde yo quedo completamente al margen y gracias a Dios no tengo que inventar caras para evitar hacer el mínimo comentario. Se aconsejaron y se criticaron en sus tácticas y estrategias parentales.
Finalmente se encargaron de poner su arsenal de frases discriminatorias sobre la mesa y hacer un potpurrí con sus prejuicios, para finalizar con un par de consejos mutuos de cómo se supone que se debe vivir la vida.
No dejaron de mirar con asco a un niño que pasó por la mesa pidiendo pan ni a una señora que vendía curitas.
Durante esas dos horas, me dediqué a intentar esconder mis sentimientos de odio y rechazo detrás de caras de “yo no fui” o de “qué tonta soy que no entiendo” o de “me perdí, ¿de qué hablan?” como única alternativa a la masacre que hubiera provocado si reaccionaba. Tuve miedo de ser descubierta, pero años de teatro me dieron una mano para salir ilesa de la situación.
Fue un placer haber asistido al último almuerzo de trabajo del que participaré jamás. La comida me la podría haber preparado yo en casa. Mis compañeros con excusas pasaron por la guillotina de los asistentes, lo que no garantiza que yo no pase tarde o temprano por ahí, a pesar de haber asistido sin más.
Así es que a partir de ahora me dedicaré a tener turnos médicos de último momento, llamados de auxilio de algún familiar y/o mucho trabajo como para salir a comer.
Por suerte, en unas horas me voy de vacaciones y no tendré que verles la cara a esta manga de infelices hijos de puta, al menos por una semana.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Quitémosle peso.

En una sociedad en la que la presión por el bajo peso es latente, no podemos dejar de probar quitarle el peso a todo. Al propio cuerpo, al cuerpo del otro, al cuerpo de los otros, al contenido de las cajas, mochilas, bolsas y bolsos que cargamos y a todo lo que pese. Es cuestión de probar, soplar y hacer botellas.
Entonces se me ocurre que quizá podemos intentar quitarle peso a algunas fechas, para que no pesen tanto. Y cuando hablo de pesar, no hablo de pena ni de tristeza, hablo del pesar del peso, de la densidad de las cosas. Y para muchos (y ahora no escondamos la cabeza) estas fechas tienen mucho peso. Y yo me encontré volviéndome supersticiosa ¿al revés? porque este año, después de varios, mi mamá no propuso ningún ritual para año nuevo.
Hubo un año en que tuvimos que trenzar 3 cintas de distintos colores en navidad, cada una con un significado, y luego colgarlas detrás de la puerta de nuestros hogares, en año nuevo. Mucho antes usábamos ropa interior rosa y para eso estaba mi abuela al pie del cañón, con las bombachas en navidad, para usar en año nuevo.
Recuerdo que llegamos a sublevarnos y a no usarlas luego de un año que consideramos de mierda, cada una en su momento, pero reemplazamos ese ritual por otro.
Y el año pasado armamos una lista de cosas que queríamos dejar ir en navidad y que luego tendríamos que quemar en año nuevo y dejar consumir la vela con la que quemamos la lista. Todavía conservo la lista de las cosas a las que queríamos darles la bienvenida.
Y este año nada, vacío. Y de repente me di cuenta hace dos días de este vacío de rituales y supersticiones. Entonces me agarró la superstición al revés. Y me puse a pensar en cómo la gente ya empieza a decir “feliz año” desde navidad, cuando en muchos casos vamos a volver a ver a esas personas casi a diario. Y como siempre estoy en contra de algo, también estoy en contra de decir “feliz año” antes de que empiece. Prefiero decir “que termines bien el año y que empieces mejor el que llega”, porque decir “feliz año” es como mucho, van a ser 365 días y –yo creo- va a haber tiempo para deseárselo al otro u otra.
En definitiva y para evitar la presión de tener que tener algún proyecto, plan, anhelo o cuestión del estilo, distintos de los del año que finaliza, me quedé pensando en el tema de las fechas y los pesos.
¿Y si hoy fuera 2 de diciembre en lugar de ser 30 de diciembre? ¿Y si el último mes del año fuera enero en lugar de diciembre? ¿Y si la cena del 31 de diciembre fuera una cena más para disfrutar y no “la última cena del año”? ¿Y si no tuviera que pensar en ‘por qué estoy lejos de mi familia’ porque el 31 es un día más?
Quizá pensar así sería más fácil para evitar el otro pesar, el de la pena o la tristeza. Quizá haría que resultara menos doloroso el pensar en quienes no pueden “festejar” la despedida del año. Quizá no me costaría tanto dejar ir este diciembre y este 2011 que ha sido tan lindo y tan lleno de todo lo que quiero.
No puedo ser menos que el resto del año, no puedo despedir el 2011 sin ser una “contreras” hecha y derecha. Por eso he decidido que yo voy a ir a la cena del 31 de diciembre, yo voy a brindar con y por todos y voy a mirar los fuegos artificiales que tanto me molestan. Pero voy a hacer de cuenta que el calendario de 12 meses no es el que se utiliza en mi mundo. Voy a pensar, en cambio, que mis años no duran 365 días y que lo bueno y lo malo no dependen del número con que se designe a un período, si no con la energía que uno le ponga a la cosa.
Y yo le voy a seguir poniendo la misma energía que le he puesto estos primeros 12 meses de mis años nuevos, los años de mi mundo, de mi vida. Quizá sea divertido un año con mes 15, 16 y seguimos contando. Le voy a seguir poniendo el mismo empeño, la misma ironía, la misma cuota de exageración, las mismas ganas y así no me va a resultar tan difícil pensar que porque termina un ciclo mensual, también termina un ciclo de vida lindo. Yo quiero que mi ciclo de vida continúe como se vino dando durante estos 12 meses, así es que brindo por Uds. que comienzan un nuevo año y que, con razón o no, quieren dejar atrás el 2011 mañana mismo. Y brindo por mí -y sé que no soy la única- y porque los 12 siguientes meses que no quiero discontinuar de los primeros 12, sean el principio de mi nuevo calendario de felicidad.
No te digo adiós 2011, te digo hasta luego y te cambio el último 1 por el 2, simplemente para que el 2 no se sienta dejado de lado y no se ponga a chillar que “canté prí” ni que “yo había dicho primero” o “a mí me lo prometieron”.
Buen comienzo para todos, buena continuidad para los que se quieran prender en mi calendario de felicidad.  


viernes, 23 de diciembre de 2011

Por qué un jefe no tendría que pedirles a sus empleados que trabajen en vísperas de las fiestas

Porque gente como yo se sumerge en internet a boludear. En esta oportunidad, para buscar un par de lindas frases para la tierna navidad… y obviamente las comparto con quienes comparten este espacio de ironía conmigo.
¿Qué? ¿Esperabas que te deseara felices fiestas? Vaaaamos…. Ya me conoces!

ü  Nunca pienses que lo justo es lo correcto porque si te meten un dedo en el culo queda justo, pero no es lo correcto. Lo correcto ahora es desearte feliz navidad!
ü  Querido terrícola: Soy un extraterrestre de una galaxia muy lejana donde podemos adoptar cualquier forma. En estos momentos, me he convertido en este sms y, a través de tus pupilas, te estoy metiendo un dedo en el culo. Sé que te está gustando porque estás sonriendo. Por favor, envíame a otras personas, porque en verdad, ando buscando más culos. Y deja de reírte que se van a dar cuenta… FELIZ AÑO
ü  Feliz Semana Santa de parte de la asociación de alzheimer y nuestro mejores deseos para 1.984
ü  Ojalá las pulgas de mil camellos egipcios le piquen en el culo al que intente joderte este año y tenga los brazos tan cortos que no pueda rascarse. Feliz Navidad!!
ü  Este año Papa Noel tiene paperas. El día que tenga pa’ putas no le veremos el pelo. Felices fiestas y Próspero año nuevo!
ü  He leido tu horóscopo para el año que viene: SALUD: los astros te sonrien. DINERO: los astros te sonrien. SEXO: los astros se cagan de risa. FELIZ NAVIDAD!
ü  Que el duendecillo de la navidad esboce una sonrisilla en cada rincón de vuestro hogar, y si no lo hace le pegas una buena patada en el orto, que para una cosa que le pides al año… Feliz año nuevo!
ü  Amigo, no te lo vas a creer: Ayer tu novia, a media noche, descubrió a los Reyes Magos. ¡Fijo!, porque la oi gritar: “¡VENGA NEGRO, DÉJAMELO TODO AQUÍ DENTRO!. Felicidades de un amigo que te quiere.
ü  Por favor, eviten venir a visitar a mi mujer durante estos días que acaba de dar a luz y está muy molesta. Gracias por su comprensión. San José.
ü  Soy Melchor. Estoy de copas y de putas con los otros dos. La cosa se nos ha ido de las manos, así que no esperes regalos esta Navidad. ¡Felices fiestas!

Y no tomen demasiado!!!

jueves, 22 de diciembre de 2011

Algún día te lo iba a decir...

¿Viste la gente que se hace la simpática? Bueno, sí, me molesta. Me jode bastante que me vengan con sonrisitas falsas o que me la jueguen de “amiga”.
Yo tengo perfectamente claro que mi lista de amigas está cerrada, que es casi imposible que se reabra, salvo en el caso de querer pegarle una patada en el orto a alguna de sus integrantes. No tengo miedo de que caerle mal a la gente. Fueron muchos años de terapia y ahora puedo gritar que me cago en lo que piensen los demás de mí.
Pero para algunos no queda claro, por lo que nunca faltan las actitudes “amiguísticas” que lo único que generan en mí son más y más ganas de ser cada día más cabrona y jodida.
Para ser ilustrativa, si me preguntas algo que yo sé que vos sabés, solo por el hecho de intentar una conversación, simplemente te voy a responder “si lo sabes, ¿para qué me preguntas?” o voy a recurrir al “ni idea” y vas a quedar más pintada que de costumbre.
Si me venis a contar alguna anécdota que intenta ser interesante y a mí no hay cosa que me importe menos que tu vida, voy a decirte cuando estés terminando el relato “discúlpame, estaba concentrada y no te escuché” y solo si sos muyyyyyyy perseverante, vas a volver a empezar tu relato. De lo contrario, me voy a haber ahorrado opinar sobre algo que me chupa un huevo.
Si me saludas con una sonrisa amplia, apenas voy a abrir mi boca para esbozar un “hola” y si me llegas a decir “besiiiiiito” por teléfono o, peor aún, en persona, voy a enloquecer hasta el punto de querer golpearte.
No me cambia la vida tu simpatía; es más, sé que no sos simpática y que sos más falsa que billete de 3 pesos, así es que ahorrátela conmigo. A otros andá a venderles lo que tengas, a mí ni prestado me das algo. Tu sonrisa te la metes bien en el orto y tus anécdotas escribilas en alguna hojita borrador.
Para darte conmigo o poder llegar, algún día quizá, a ganar mi amistad, tenes que caminarla y, fundamentalmente, no romperme las pelotas.
Y vos no cumplis con ese requisito ineludible, porque vos sos una hinchapelotas insostenible.
Así es que dedicale tu sonrisita a tu vieja y a mí dejame hacer mi vida en paz, forra!








lunes, 19 de diciembre de 2011

¡Antes de que el año termine!!! (y con la inspiración en baja)

“Veámonos antes de que termine el año, negri!” En primer lugar, de negri no tengo nada. Mi piel bien podría ser transparente, pero se quedó ahí, entre el blanco ‘leche’ y el transparente. En segundo lugar, no te di confianza, así que el “negri” guardátelo bien guardadito.
Ahora, yendo más al tema, todos los putos años tengo que leer y escuchar lo mismo. Empieza diciembre y todos los chotos de siempre mandan e-mails y mensajes de “veámonos antes de que termine el año”. Si no me diste ni 5 de pelota durante los primeros 11 meses, ¿por qué yo debiera estar apurada por verte en el mes 12?
¿Qué pasa si no nos vemos “antes de que termine el año”? ¿No te va a cerrar tu estadística de ‘cantidad de veces que viste a cierta gente durante este año’? ¿Se va a terminar el mundo por quinta vez en el año?
I’m sorry for you, pero yo en diciembre no me junto con nadie. Para mí, diciembre es el mejor mes del año y no lo voy a desperdiciar viendo a gente a las apuradas que tiene que llenar planillas de “gente vista antes de fin de año”.
No me va esa de “delen, arreglemos que quedan dos semanas para el año que viene”. Tampoco me va la de encontrarme con alguien 2 o 3 días antes de que termine diciembre y empezar con “¡no nos vemos hasta el año que viene!”. Ese chiste me tiene podridísima, es re viejo y no causa más gracia.
Muchas veces me pregunto; la gente original ¿ya murió toda? ¿Soy un extraño en mi tierra? ¿Nadie tiene memoria? ¿A nadie le molesta la misma mierda que me molesta a mí?
Por eso, este año decidí que todos los mails de solicitud de salida “antes de que el año termine” no serán respondidos por mi persona. En cambio, aquellos en los que el motivo sea vernos, sin tiempo ni lugar, van a ser muy bien recibidos.
A vos, que hace 2 años que no te veo, ¿para qué sorete me escribis en diciembre si el resto del año no me das ni la hora? ¿Queres contarle al resto de tus amistades que estuviste hasta último momento “despidiendo” gente? Porque si tu idea es la de hacerte el poronga ‘estoy rodeado de amigos’, conmigo perdes.
Así que anda haciéndote el chico de la agenda ocupada con otras amistades. Yo estoy “cerrada por fin de año” y hasta el 3 de enero no hago vida social. Hubieras llamado en abril o septiembre y mi agenda estaba vacía. Ahora, alpiste. Llamá a otro que quiera juntarse “antes de que el año termine”. Y por favor, cuando termine la reunión, no dejes de tirar la frase original y buena onda: ‘¡que no se corte!”.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Fiesta, fiesta!!! Se termina el año!

Seguramente en algún momento de tu vida hayas experimentado las reuniones laborales fiesteras de fin de año. No importa qué tan grande o chico sea el lugar en el que pasas entre 8 y 12 horas diarias, de alguna manera despedirán el año calendario todos juntos.
Si tu trabajo es en una empresa, escuela, oficina o local chico, lo más probable es que la propuesta sea un desayuno o almuerzo, bien lejos o bien cerca de la noche buena. La idea es que la fecha propuesta sea incómoda para evitar tener que pagarles el almuerzo a los empleados y, al ser por compromiso, vas a querer tener 50 grados de fiebre para evitarte entre 20 minutos y 1 hora y media de boludeo y falsedad. No te preocupes, ni bien termine el almuerzo, tu jefe se irá a su casa. Pero volverá al día siguiente, habiendo olvidado todos los buenos augurios de los que habló cuando lo escuchó toda la oficina dando su vacío y pedorro discurso.
Tu sueldo será el mismo el 1° de enero y las tareas por realizar, tan pesadas y ajenas como siempre. Así es que mejor no te entusiasmes con el almuerzo y la idea de fraternidad y, mucho más importante, evita el alcohol para no arrepentirte luego de la cantidad de boludeces que pueden llegar a salir de tu bocota.
Ojo, tus compañeros son peores testigos que tu jefe, que al fin y al cabo va a terminar yendo a dormir la siesta porque no le va a caer bien la copita de champagne que tomaron con el postre. La sobremesa se va a cortar al toque y van a volver a trabajar todos juntos (qué emotivo).
Vos; sí, vos que tomaste 2 copitas de champagne con el postre, vas a ser el más burlado por todos tus compañeros chupamedias, que se van a encargar de recordarte el almuerzo hasta el diciembre siguiente.
Si se da el caso de que trabajas en una empresa más o menos grande, las cosas son distintas pero terminan siendo iguales. En algún momento vas a experimentar la primera cena de fin de año y con esa vez va a sobrar para saber cómo van a ser las siguientes.  Ya vas a tener en claro para el diciembre siguiente qué cantidad de gatos que trabajan en las otras áreas, qué cantidad de gente se gasta todo el sueldo en ropa, qué cantidad de viejos verdes conviven con vos, qué cantidad de viejos chotos se quejan de todo y qué cantidad de gente que te saluda ese día -¿2?, ¿quizá 3?- y no vuelve a dirigirte la palabra hasta el diciembre siguiente.
No importa qué cantidad de dinero decidan invertir en el evento; siempre están los hijos de puta a los que la comida les resulta escasa, a los que les tocó carne y hubieran preferido pollo, a los que el vino les cae mal pero se bajan todos los tragos que sirvan en la recepción, a los que la marca del vino les parece berreta y a los que les parece que la fiesta del año anterior fue mejor, a pesar de que se quejaron exactamente de las mismas cosas, se sentaron en el mismo lugar, con las misma gente y se fueron a la misma hora.
No puedo evitar mencionar a los hijos de puta que van a ganar algún premio en el típico sorteo y van a considerar a ese “regalo” una reverenda mierda.
“¿Cómo puede ser que de premio consuelo, a los que no ganamos nada nos den una bicicleta? Una bicicleta! ¿Qué hago con una bicicleta?” Metetela en el culo y ojalá se te suelten los rayos, pedazo de sorete!
Siempre digo que quien más tiene, más demanda. Las cosas que se vivencian en esas fiestas, son inauditas.
Por supuesto habrá que escuchar las palabras del jefe, que el primer año son sorprendentes y a los 3 o 4 años son aburridas y repetitivas. Tocará algun grupo o banda y los pesados de siempre subirán al escenario a intentar "cantar", sin pensar en desprenderse jamás del micrófono. Y finalmente, la parte más divertida será la del baile, donde verás a tus compañeros de todos los días moviendo las piernas como si fueran de palo y, copas previas, tirando miradas de galán al aire y a tu compañeras desesperadas, con escotes hasta el ombligo, polleras apenas debajo de la cola y mucho meneo cerca de los gerentes, “a ver si en una de esas consigo el aumento”.
Sí sí, la llegada del final del año calendario merece la pena ser transitada. Es una época de mucho tiempo al pedo, mucha afloración de la mierda individual y muy poco ding-dong-dang y buenos deseos.
A armar el arbolito, la fiesta ya la tuve!