Buenos días y bienvenidos a la ironía que le pongo al día a día, para que pese menos...

jueves, 29 de septiembre de 2011

Otras razón más, y van…

Ayer, camino a mi clase de yoga, (porque yo también hago cosas cool y de moda, pero las hago desde antes de que se pusieran de moda y si hubiera sabido que se iban a poner de moda, ni me molestaba en empezar) tropecé con un episodio que podría ser revelador o auspicioso.
Bajé del colectivo a los zarpazos, como suele suceder a la hora en la que todo el mundo sale de sus trabajos. La gente va en el colectivo amontonada, malhumorada y olorosa. Yo no soy la excepción en las dos primeras cuestiones. Pero siempre perfumadita, como corresponde.
Caminé una cuadra por la avenida, tranquila en el andar y muy cansada por falta de sueño acumulada. Algún día voy a ordenar mi vida así como ordeno cajones y placares y voy a dormir, al menos, 7 horas y media de un tiro. Al llegar a la esquina doblé a la derecha y casi a mitad de cuadra había un jardín de infantes.
Los jardines de infantes -que últimamente de jardines no tienen nada porque son cuadrados de cemento con un infaltable televisor salvador de maestras- parecen tener el mismo horario que las oficinas. Con lo cual no pude evitar la salida de muchos niñitos que gritaban y correteaban en busca de sus madres.
Y he allí la revelación: si tengo un hijo, no solo voy a tener que bancarme 9 meses de incomodidad absoluta y de miles de personas conocidas y desconocidas intentando tocar MI panza. También voy a tener que acostumbrarme a ver un elefante en el espejo, a estar vestida siempre con la misma ropa gigante, a dormir incómoda (más aún) y a varias cosas más. En mi afán de buscar algo, lo que sea, que conmueva mi alma y me permita imaginarme con un crio en brazos en algún futuro, el destino no deja de darme pistas en contrario. Por eso, no puedo leer los eventos como positivos y auspiciosos. Si tengo hijos, voy a tener que soportar a las madres de los compañeritos de cualquier actividad que mis hijos emprendan. ¡Oh, por Dios! Solo por eso estoy dispuesta a desistir de la idea de la maternidad para siempre. Va a haber muchíiiiisimas madres como mi compañera de oficina, muchísiiiimas al estilo “conductora de programa diario que repasa lo que se bailó en otro programa la noche anterior y que también conduce concurso de canto y que me enerva en su forma pelotuda de hablar”. Eso, sobre todo, va a estar lleno de pelotudas que hablan constantemente en diminutivo, como si sus hijos y sus amiguitos y las familias de estos últimos no pudieran entender un diálogo normal, en el que los adultos hablamos como adultos y los niños como niños.
Va a estar lleno de mujeres que quieran meterse en mi vida, en la forma en la que decido criar a mis hijos, en lo que les doy de comer y, peor, lo que no les voy a dar de comer. En el partido político de la madre y el padre, en todos los NO que van a reinar en la casa en la que las reglas las voy a poner YO.
Por ejemplo, en este momento mi compañera habla sola de su “cuchuchú”, como si la insoportable de su hija fuera un peluche. ¿Para qué sorete le pusiste nombre si le vas a llamar de esa manera espantosa? ¿Cómo hago para no mandar a la reverenda mierda a una madre como ésta el día de mañana? Tener un hijo para verlo los fines de semana en la cárcel no es lo más copado para el niñito.
Me lo imagino como una pesadilla dentro de una pesadilla. Imposible, no hay manera. Prefiero lidiar con el veterinario analizándome en función de las dolencias y problemas que tenga mi gato, total el animal no habla, no puede contar nada de lo que pasa puertas adentro, no puede quejarse de la comida que le doy y de las veces en que no dejo que salga al patio. Un par de gatitos más cuando me mude a un nuevo hogar y ‘to another thing buterfly’.
 

martes, 27 de septiembre de 2011

No es lo mismo un pájaro loco que un pajero loco...

No soy sexista. Lo busqué en el diccionario y el “sexismo” (no sabía que existía esa acepción de la palabra) es la discriminación de un sexo. Yo no soy discriminadora, solo separo a los pelotudos del resto de los mortales.
Últimamente me están quedando muchos de un solo lado, pero parece que la ley de gravedad funciona bien, porque el planeta tierra por ahora no parece estar inclinándose.
El sábado me junté con una amiga. Charlamos y me contó algo que me resulta bastante común en los hombres. Ella quería abrir un blog para poder hacer pública su ira, pero yo le prometí que me iba a hacer cargo de darle un lugar a su indignación. Mi amiga es una profesional de renombre y re-apellido. Está cursando un posgrado y suele visitar la biblioteca  de la institución (aunque Ud. no lo crea, todavía existen esas personas) para poder obtener material de estudio. En una oportunidad se cruzó con un tipo con el que coincidió más adelante y ambos se dieron cuenta de que sus horarios de clase y sus rutinas eran parecidos. A este tipo lo voy a llamar el “pajero loco”, ya que mi amiga lo describió como un pájaro árabe, con una nariz muy típica y una cara de pájaro terrible y porque luego yo decidí que el tipo es un “pajero”, con el perdón de la gente a la que esta denominación pueda herir en su susceptibilidad.
El “pajero loco” se encontró con mi amiga en la fila de la biblioteca, luego en la entrada de la Institución y luego en la calle. Cruzaron un par de palabras y él propuso tomar un café, teniendo en cuenta que los dos tenían una “hora sándwich”. Pegaron onda, pero onda de la que no tiene contenido sexual, de esa onda linda en la que uno reconoce en el otro muchas cosas compartidas, desde lugar de nacimiento, pasando por lugar de vacaciones, gustos, experiencias, boludeces no tan boludas... Se rieron, la pasaron bien y se tomaron un café. Listo, asunto terminado y cada uno a seguir con lo suyo. Él aportó datos no necesarios a la hora de tomar un café en una “hora sándwich” como que es casado y que tiene dos hijos. Ella no aportó muchos más datos personales que los circunstanciales de tiempo y de lugar. Y cuando hablo de circunstanciales, no me refiero a todos los terminados en “mente” que nos enseñaron en el colegio, porque si hay algo que el “pajero loco” justamente no usó, fue su mente. Me refiero a circunstancias que tienen que ver con la razón que los cruzó, es decir la profesión de ambos, los temas de estudio y las coincidencias graciosas. De esos sí aportó ella, del resto no había porqué hacerlo.
Pasaron dos semanas, mi amiga se acordó de la coincidencia en los horarios y los tiempos y pensó en decirle al “pajero loco” de volver a compartir un café en la “hora sándwich”. ¿Por qué no?, pensó, si él la había invitado la vez anterior (invitación verbal, dejando de lado quién paga y quién no, que no viene al caso) ella podía hacer lo mismo ahora.
Así es que se lo cruzó, ella subía y él bajaba, siempre siendo la biblioteca el punto de partida o llegada y ella sugirió el “hacer tiempo” con un café y él aceptó. Se reunieron en la puerta y caminaron hacia el café. Cuando se sentaron, él abrió su celular y mostrándole unas fotos, le dijo: “Mirá, estos son mis hijos”. Mi amiga miró las fotos y no pudo ni decir “qué lindos son” porque hubiera mentido. Se quedó medio desorientada, pidieron café y la “hora sanwich” transcurrió. Solo que esta vez transcurrió en medio de un clima de tensión y con mucha “medida” por parte del “pajero loco”. Ya no se rieron tanto, ni charlaron tan sueltos ni desprejuiciados como la vez anterior. Mi amiga me contó la situación y no pude más que reírme. Decidí contarle lo que yo había escuchado de lo que ella me había contado, para que entendiera el porqué de mi risa:
Te cruzas con un tipo, que tiene su sexo en la frente el 99 % de las oportunidades. El sexo se les esfuma de la cabeza cuando se casan, pero hasta que no firman lo tienen ahí, entre los ojos.  
Te invita a tomar un café, se da cuenta de que tiene onda con vos y no sabe bien qué va a pasar -si es que pasa algo- pero disfruta del momento y de las coincidencias y la pasa bien. Quizá hasta fantasea con cosas de las que vos jamás te vas a enterar, porque él es un “pajero loco”. Pero te insinúa boludeces descolgadas como “en un pueblo como en el que yo nací no podría estar tomando un café con vos”.
Vos en cambio tenes una “hora sándwich” y conoces a un tipo con muy buena onda que también tiene una hora sándwich y te invita a tomar un café. Van, charlan, se divierten, la pasan bien y listo. El error que vos cometes es el de invitarlo la siguiente vez. En la cabeza del “pajero loco” tu invitación es un avance y entre que le decís de tomar el café y el momento en que efectivamente se sientan, el “pajero loco” se pasa una película entera en la cabeza. Piensa en qué te pasará a vos, en si hay un telo cerca, en cómo le va a hacer ‘esto’ a su mujer, que es su novia del pueblo desde la secundaria, en las ganas que tiene de ponerla y en millones de cosas más. Se caga en las patas y antes de pedir el café, te pone la tapa con la foto de los nenes. Él necesita un freno para la cantidad de boludeces que pensó en los últimos 10 minutos o quizá en las últimas semanas y como no sabe cómo carajo impedir que te tires encima de él –que ciertamente con su cara de pájaro árabe es irresistible-, te muestra las fotos para conmoverte y para evitar que des un paso más y que él termine cediendo a tus encantos.
El problema es que la película se la hizo él solo, vos solo fuiste a tomar un café y de onda, sugeriste una segunda taza en un segundo cruce. Entonces cuando el “pajero loco” te muestra las fotos, vos sabes que ahí se terminó la posibilidad de encontrar a un amigo circunstancial con el cual compartir un par de cafés más, mientras dure lo que dura el posgrado y no –como él aventuró- una amante, mientras dure lo que dura dura.
Detalle: luego de una “hora sándwich” tensa, distante e impuesta por su actitud pelotuda, te pide tu número de celular para pasarte el nombre de una película que quiere recomendarte. No me digas, haceme caer de culo de la risa. Es la única forma que el “pajero loco” encuentra para poder seguir viendo la película esa que se hizo.
Quizá en este momento se esté arrepintiendo de haber puesto la tapa, mientras vos ya estás pensando en que con los días lindos por venir, la heladería va a ser un excelente lugar donde pasar tu “hora sándwich” en compañía de un buen libro.


viernes, 23 de septiembre de 2011

Cómo vender un monitor y no morir en el intento

Vendí el monitor, el título es bastante elocuente. Decidí utilizar esta herramienta increíble que ha venido en llamarse internet y los sitios que sirven para comprar y vender cosas nuevas y usadas.
Había hecho una mala compra. Me habían engarzado con un monitor que un buen día decidió que ya estaba cansado de funcionar y nunca más prendió. Estuvo un tiempo juntando tierra, pero como ya había un par de cosas más en el departamento que cumplían con la función de juntar tierra, decidimos deshacernos de él. Digo “deshacernos” porque la decisión fue familiar.
De común acuerdo realizamos la publicación en internet y dejamos que entre los interesados se “mataran” y que ganara el que más quisiera pagar por él. Hasta ahí no hay nada copado para contar o por lo menos a mí me parece una transacción que no merece la pena tener un espacio tan especial como este. Pero luego vino la comunicación con el comprador, la entrega y el pago y ahí sí se pone buena la cosa.
Debo aclarar antes de seguir con el relato, que además de odiar a la gente, soy una persona bastante perseguida. Todo el tiempo me persiguen. Eso se lo puedo adjudicar a mi belleza, a mi fama y en algunas ocasiones (las menos) a mi locura. La cuestión es que siempre siento que me persiguen.
Volviendo a la transacción, el mismo día en que se efectivizó la venta yo no me acordaba que terminaba y no estaba pendiente del monitor. Lo tenía como parte del decorado, esperando a que alguien lo adoptara y pasara a mejor vida. Sola, en casa, suena el teléfono y no reconozco el número del cual llaman, pero supongo que es el amor de mi vida. Error, la voz era la de un hombre, pero no era el hombre al que yo esperaba hablarle. Me dijo que había comprado el monitor y que quería pasar a buscarlo al día siguiente. El día siguiente era domingo, olvidate pibe. Entonces el lunes o el martes o el miércoles… y yo hasta el jueves no podía. Medio a regañadientes aceptó que le entregara el monitor el jueves y me dejó su número de celular para comunicarnos. Me pidió el mío, pero no le di el número que uso -el titular-, si no el de un celular “suplente” que tengo, por si me quería perseguir.
El lunes me escribió al suplente preguntándome si podía pasar el martes. A ver, ya te expliqué que no. ¿Crees que por ser mujer cambio de opinión cada 5 minutos o digo no cuando quiero decir si? Pues no, mi lado masculino me permite decir exactamente lo que pienso. Entonces, no es no.
Llegó el miércoles y tuve que embalar el monitor. El pibe me dijo que venía en moto. ¿Por qué me habrá dado ese dato? No lo sé, pero no me gusta nada. Embalé el monitor con mucho nerviosismo y decidí no pensar más en el tema para no ponerme peor. Llegó el jueves y yo estaba lista con mi monitor a cuestas. El desafío era llegar a la oficina con él y entregarlo. A mi casa no iba a ir ese desconocido. Decidí tomar el colectivo que me deja a 2 cuadras de la oficina.
Primer obstáculo: subir a un colectivo de línea con un monitor
Segundo obstáculo: pretender que lo que hay adentro de una caja de monitor, no es un monitor. Esta táctica se debe a que 1) quiero evitar que me digan que no puedo subir con eso al colectivo y 2) quiero evitar que la gente se dé cuenta de que llevo un monitor.
Eventualmente, todo aquel que viera la caja debía interpretar que el monitor era usado y estaba roto, para minimizar el hecho de que yo tenía un monitor en mi poder. Sí, todo el mundo me presta atención a mí, nadie tiene nada mejor que hacer ni nada mejor en qué pensar.
Fue duro, me paré en la mitad del colectivo, cerca de la puerta y me quedé dura como un árbol, con la caja del monitor entre mis piernas. En más de una oportunidad pensé que quizá ese no era el mejor lugar, por la cercanía a la puerta. Mi miedo era que me robaran un monitor usado y sin andar y que luego intentaran rastrearme para cagarme a palos, por haberse llevado tremendo fiasco. Empecé a respirar de manera normal, ya habíamos recorrido (el monitor, los que me persiguen y yo) la mitad del camino y solo faltaba llegar a la parada, caminar 2 cuadras y entrar a la oficina.
Tercer obstáculo: el colectivo se desvió del recorrido. Oh my God!!! Entro en pánico, qué está haciendo chofer?!!! No ve que me persiguen!!!
Me calmé, me dí fuerzas y me dije a mi misma que hay cosas peores. Una cuadra y media antes de llegar a la parada sonó mi celular titular. No sé por qué atendí.
Cuarto obstáculo: Era mi suegra! No, no puedo hablar!! Pero ella no podía entender la situación por la que estaba pasando y hablaba igual. Logré patearla para más tarde y llegamos a la parada.
Bajé, tenía 7 cuadras hasta mi destino final. Así lo pensé  en ese momento y me dije “como la película, hacia ¿la muerte?” y no conseguía calmarme! Iba con la caja en la mano derecha, simulando que no era una caja de monitor la que cargaba y mucho peor, simulando que dentro de la caja del monitor no había un monitor. Caminando y pensando llegué a la conclusión de que el dato que me había pasado el comprador era fundamental. No me había avisado que iba en moto para que le embalara bien el monitor. Me lo había dicho para que abriera mis ojos, cualquiera de las motos que andaban por el centro ese día podía ser él. Cualquiera podía arrebatarme el monitor y hacerme pito catalán. Entonces morí de miedo. Cambié la caja de mano, haciendo de cuenta que no pesaba nada y llegué casi corriendo a la oficina.
Ufff, respiré. A los 10 minutos me avisó el comprador que estaba en la puerta. Bajé a la recepción y había un hombre de espaldas, seguramente cuando se pusiera de frente a mí tendría una bomba molotov que haría estallar el edificio para poder llevarse el monitor usado y roto. Igual me arriesgué, abrí la puerta y le dije “entrá”. Metió la mano en su bolsillo y sacó… la billetera. Me pagó, tomó la caja y se fue.
Esta vez pasa, esta vez no pasó nada porque sabían que iba a publicarlo en el blog. Pero sé que me persiguen y ¿saben qué? No van a poder conmigo.
 

domingo, 18 de septiembre de 2011

Me cago en la gente

Llega un momento en que no se me ocurre plantearlo de otra manera. Es así, me cago en la gente. Peor sería querer salir a golpearlos, porque ya me estaría exponiendo a encontrarme en medio de alguna situación que podría hasta terminar en alguna comisaría y la verdad es que no vale la pena por tan poco.
Si lo pienso bien, la afirmación correcta es “la gente se caga en mí”. Y eso es mucho más grave que el hecho de que yo me cague en la gente desde la palabra, porque la gente se caga en mí desde los hechos. Para que se entienda bien y yo justifique mi ausencia prolongada -cuando en realidad desaparezco si se me canta- explico lo que estoy pensando para terminar la afirmación con la que inicié el post.
Hace unas semanas que asisto a distintas reuniones, seminarios, congresos, cursos y demás lugares en los que la gente es de lo más variada y pelotuda. El material para el blog sobra, lo que me falta es tiempo para sentarme a expresar la cantidad de odio que puedo juntar por día.
Sin ir más lejos, cada mañana me preocupo por levantarme a horario, salir a horario y llegar a horario. Y cada mañana me repito “qué pelotuda sos” cuando me veo sentada en un auditorio vacío a las 9 am, hora en la que nos citaron  y hora a la que nadie llega. Entonces me cago en la gente que se caga en su prójimo y llega a la hora que quiere. Las excusas son siempre las mismas; el tráfico, el nene/la nena, el colectivo o la nada misma. Mis pensamientos siempre responden de la misma manera a ese par de excusas pelutodas: me cago en la gente. Si yo me pude levantar temprano y ver en el informativo o escuchar en la radio que X calle iba a estar cortada o que X servicio no iba a funcionar,¿por qué sorete te tengo que esperar a vos que sos un pelotudo y que siempre llegas tarde? A mi no me quieras vender la excusa pelotuda del tráfico, porque tráfico hay todos los días flaco y si ves que podes llegar tarde, salí antes y dejate de joder!
La otra muy usada y que me hincha más las pelotas es la de los nenes y el jardín de infantes, la guardería o el colegio. Loco, los establecimientos educaciones abren a las 7.30 am, justamente para que los padres pelotudos puedan llegar a horario a sus lugares de trabajo, seminarios, cursos o lo que sea. Si tu nene se durmió, vomitó, no se quería quedar en el colegio y a vos te dio pena, a mí me importa un huevo. Yo no tengo hijos, ¿sabes? Y no puedo poner esa excusa pelotuda de adulto irresponsable. ¿Sabes qué hago entonces? Me levanto con el tiempo suficiente para no llegar tarde. Yo no me cago en la gente, entonces si me quedo sin desayunar porque no me alcanza el tiempo, me jodo. Pero no te jodo a vos, porque yo no me cago en la gente. ¿Se entiende o le pedimos a tu nene que está en el jardín que te haga un dibujo?
Me pasé una semana entera llegando a horario y una semana entera puteando porque la gente llega a la hora que se le canta. Lo peor no es que lleguen tarde. Lo peor es que llegan con sus putos blackberrys prendidos. Y esos aparatos de mierda hacen más ruido que U2 desde La Plata y todos tenemos que escuchar la canción que el pelotudo que se caga en la gente eligió de ringtone. Creo que esta semana que pasó escuché los ringtones más pelotudos que puedan existir. Cosas del estilo "Atendé que te estoy llamando!" y muchos más lugares comunes convertidos en canción o frase pelotuda. No solo suenan, si no que además los atienden. Hablan creyendo que nadie los escucha, en el medio de un seminario en el que hay una persona disertando acerca de un tema que a MI me interesa mucho más que tu conversación de mierda con la maestra del nene, que te dice que le duele la pancita y a la que yo escucho 3 filas más adelante, porque el volumen de tu teléfono está bien alto, para que lo escuchemos todos. Ya no existe ese pudor de quien se olvidó de apagar su teléfono y que, al sonar, lo apaga y pide disculpas. Ahora todos atienden, todos hablan desde su asiento o se encargan de caminar por todo el auditorio a los gritos, diciendo "estoy en un seminario, no te puedo atender". A ver forro, decime una cosa, si no podes atender, ¿para qué sorete dejas el teléfono prendido? ¿Para decir que no podes atender? Si fueras importante para alguno de los presentes, estarías como disertante. Y estás ahí sentado rompiéndoles las pelotas a todos.
No va a faltar la pelotuda de tacos bien altos que llegó tarde, te pide permiso para sentarse en tu fila cuando hay un montooooon de filas vacías, te responde con cara de "sorete" cuando le pones tu mejor cara de orto porque interrumpe tu atención y encima, te pisa con ese taco de mierda y se sienta a escribir mensajes desde su celular con teclado ruidoso. El "bip, bip" del teclado te pone de los pelos, no puede ser que haya gente que se cague tanto en la gente.
Y como corolario para un día que se convertirá en semana de pruebas a tu paciencia, la gente se para antes de que el disertante termine de hablar. ¿Por qué? Porque afuera sirven café y tortas gratis y la gente con lo gratuito y lo masticable se descontrola. Te empujan, te pasan por delante como si no te vieran, se paran frente a la mesa de las tortas y se quedan como estatuas, metiéndose la mayor cantidad de torta posible en sus bocas y sosteniendo un nuevo pedazo en su mano, que deglutirán con un sorbo de café ruidoso y a tono con la situación. Entonces, resumiendo; sí, yo me cago en la gente. La gente se caga en mí. La semana es una cagada, así es que váyanse todos a cagar.

No puedo, no puedo, tengo que estudiar.

Estudiar por interés es fabuloso. Uno se sumerge dentro de alguna página de un libro y puede quedarse allí todo el tiempo que lo desee.
Estudiar para un examen es una auténtica cagada. Uno no puede sentarse ni cuando siente que el examen se le viene encima y no ha tocado un puto apunte. Esta es la época del año en la que empieza a definirse el futuro de cualquier estudiante. Las materias se rinden y se promocionan o se va a final. Yo no tengo final, tengo parciales.  Los apruebo o los repruebo. Es instancia única y no tengo más opciones que aprobar.
Por otro lado, tengo demasiados años de facultad encima, por lo que estudiar me tiene las pelotas llenas y no veo la hora de que el fin de semana y las tardes libres de la semana sean para mí y no para los libros.
Además, al tener que estudiar materias que no me mueven un pelo y que son muy distintas del resto de las materias que me gustan, estudiar es menos motivante que vestirse a las 3 de la mañana para ir a ver a la mascota enferma de un vecino que se mudó a otro barrio (pensándolo bien, prefiero estudiar!).
El estudio se convierte en un ritual en mi vida. La semana anterior a aquel sábado en el que apoyaré mi poto y posaré mi vista en los apuntes, la vivo con una planificación casi perfecta y hasta placentera. De lunes a viernes organizo mi agenda, ordeno los apuntes y busco el material que me falta. Preparo marcadores, lápiz y lapiceras y aviso a todo el mundo que el fin de semana voy a estudiar. No pienso levantar el teléfono cuando suene, ni perder un minuto viendo a nadie y menos aceptaré ninguna salida, aunque sea hasta la esquina. El viernes a la noche puedo estar hablando por teléfono hasta última hora, ya que es sábado no podré hacer otra cosa que adquirir conocimientos.
Y llega el sábado esperado y hasta soñado, porque será el día a partir del cual me convertiré en una persona más culta y más preparada.
Suena el despertador a las 7.30 am y decido apagarlo y dormir un rato más, porque total tengo todo el fin de semana para estudiar. A las 11 de la mañana me doy cuenta que dormí un poco de más y me levanto apurada para recuperar el tiempo perdido. Desayuno mientras dispongo las fotocopias en la mesa y las miro. Termino de desayunar y creo conveniente bañarme, porque si me pongo a estudiar e interrumpo mi concentración para bañarme más tarde, va a ser más difícil todo el proceso pre examen.
Mi baño tomará más tiempo que el usual, porque el sábado recién empieza y necesito estar relajada para poder leer todo el material. Luego de bañarme, depilarme, pintarme las uñas, encremarme y hacerme el baño de crema, me pondré un par de pantalones y una remera y estaré lista para empezar. Mmmm, pensándolo bien, unos mates no vendrían nada mal. Y pongo la pava en el fuego y veo que detrás del secaplatos hay una manchita. Llevo el mate a la mesa, empiezo a leer y a los 5 minutos me interrumpe la manchita. No la puedo dejar ahí, la tengo que quitar. Me levanto entonces y voy por el limpiador y el trapo. A la hora y media la cocina está impecable y los apuntes sin tocar. Está bien, todavía hay tiempo para estudiar. No almuerzo nunca, pero para poder tener la mente dispuesta tengo que estar bien alimentada. Así es que leo dos hojas y me levanto de vuelta para cocinar. Ya que estoy puedo preparar un par de comidas para poner en el freezer, así en la semana solo caliento lo hecho y pierdo menos tiempo, porque en la semana siempre ando a las corridas. Y las plantas están medio secas, así que las riego y ya que estoy barro el patio porque la proximidad de la primavera deja todo a la miseria. Miro los mails, me fijo si hay alguna película para bajar para la noche (porque tampoco voy a estar estudiando hasta las 4 de la mañana, si con todo el día está perfecto). Ya que barrí, podría pasar un trapo y baldear el patio para que quede bien limpio.
Primero almuerzo, después paso el trapo y para terminar limpio toda la cocina y freezo todo lo que cociné. Qué tarde se hizo, ya son las 3 y me siento a estudiar porque no voy a terminar nunca. Prendo la tele, total la pongo bajito y no molesta. Dan un programa que se llama “Qué fea es tu casa” y la mujer que vive ahí es una ridícula de mierda que tiene todo decorado con leopardo de varios colores y no quiere tirar nada. Horrible, le arreglan la casa, pero no se la dejan re linda y yo me enganché una hora con un programa de mierda que jamás hubiera elegido ver en otra circunstancia. Cambio. Empieza una receta de un budín que nunca voy a hacer, pero que está bueno saber cómo se hace. Cambio. Concurso de belleza de nenas de 2 a 8 años, todas pendejas insoportables y super maquilladas. Cambio. Futbol. Apago. Leo 5 hojas, los textos son re densos. Podría hacerme un café para no dormirme. Me levanto y me preparo el café. Ya que estoy pongo la ropa a lavar. Me siento con el café y leo 5 hojas más. Me acuerdo que tengo las zapatillas sucias. Me levanto y voy al placard a buscarlas. Termino lavando mis tres pares de zapatillas, porque saber que están en el último rincón del placard no me deja concentrarme y estudiar. Me había prometido que a las 5 iba a hacer un recreo. Son las 5, me acuesto a mirar tele un rato. Me quedo dormida. Me despierto casi a las 7. Hago unos mates y ya me pongo a estudiar. Pero antes prendo la tele, dan una película argentina muy bizarra, está buena. La miro de reojo mientras leo las fotocopias. Subrayo mientras miro tele. El lavarropas! Me levanto y cuelgo la ropa. Ya que estoy, guardo las cosas que quedaron en el secaplatos. Abro la heladera y pienso qué puedo cenar. Se hacen las 8, mejor ceno temprano así me acuesto temprano y mañana puedo aprovechar el día para estudiar. A las 11 me voy a la cama, miro una peli y hago zapping y a las 2 me quedo dormida. Domingo, suena el despertador a las 7.30. El resto es repetido. Siempre, inevitablemente, habrá algo mucho más importante que estudiar. Estudiar es un embole, que te examinen es un embole. ¿A quién le sirve estudiar solo para saber ese día?
Pero el lunes cuando me pregunten qué hice el fin de semana, repetiré de memoria "me quedé estudiando". Es la historia de nunca acabar. No me digas que nunca te pasó.