Buenos días y bienvenidos a la ironía que le pongo al día a día, para que pese menos...

jueves, 30 de junio de 2011

Si me nublas el día, me convierto en tu invierno!

Quiero estar sola. Quiero cancelar ya todo lo que tenga para hacer e irme a tomar un café por ahí, sola. El problema es que no conozco un lugar lo suficientemente solitario como para poder estar tranquila. En el lugar por el que transito mi rutina, anda mucha gente a toda hora. Mi idea es sentarme, no tener que verle la cara a nadie ni aguantar las historias o cuentos de nadie más.
Mi mañana venía bien; me levanté bien temprano –como me gusta-, enseguida me sentí de buen humor, hice un par de cosas y antes de entrar a la oficina caminé por las calles desiertas de la ciudad y me compré mi café preferido. No debe haber mañana más perfecta en mi vida, salvo aquella en la que salgo de una cabañita directo al mar, haya arena o nieve. Pero como esa corresponde a mis sueños, la de mi realidad perfecta es la que experimenté hoy.
Lástima que se esfume tan rápido. Lástima que exista eso que se llama "gente", que se haya inventado el maldito contrato social y que ahora haya que compartir todo con todos. Bastan unos 20 minutos para que la oficina se llene de gente pelotuda que se dedica a cagarme el humor y las ganas. ¿Cuánto falta para que larguen el impuesto al pelotudo? Ya nomás tener que escuchar a mi compañera preguntándole a su niñera si su nena fue al baño anoche y en caso de no haber ido, que le dé mandarinas, me quita las ganas de terminar mi café.
Que luego haga los reclamos diarios de todo ser humano y que en ningún centro de atención al cliente me den una respuesta más copada que “esto es como un boliche, nos reservamos el derecho de admisión” a lo que sólo se me ocurre responder, dame una respuesta en una semana o me cambio a otro banco, también me tira un poco para abajo. Resulta que ahora no importa quién está del otro lado del teléfono y si lo conoces o no, hacerte el canchero suma, ¿no? Y para ponerle la cereza a la ensalada de frutas vieja y descolorida, aparece el envidioso del otro lado del piso, haciéndose el poronga  al grito de “ajá, que milagro que hoy viniste a trabajar!” y mi respuesta se torna sutil para evitar un despido precipitado, con un ‘sí, hoy me toca’ (gordo forro, metete en tu vida y dejame en paz!).
Además, el celular no deja de sonar por la llegada de mensajes de publicidades pedorras o llamadas de gente con la que no tengo ganas de hablar.
Mi pesada compañera de trabajo cada vez que se levanta me mira todo el trayecto hasta el pasillo y yo me hago bien la boluda. ¿Qué miras?!!!!!!!! No vas a obtener mi complicidad ni pagando! No quiero escuchar uno solo de tus comentarios estúpidos que no tienen contenido y que lo único que buscan es chuparle más las medias a tu jefa, dejame de joder! No te acerques a intentar hacerte la que me vas a secretear algo importante, detesto los secretos! ¿Qué tengo que hacer para que te des cuenta de que no tengo onda y no me caes bien?!!
Podría mandarle un mail anónimo y decirle: ojo que la que se sienta frente a vos no te puede ni ver, pero somos solo 2 personas en esta oficina y se va a tornar casi como una confesión cobarde.
Por eso, quiero un poco de soledad, de silencio, de ausencia de gente que molesta. Quiero conectarme conmigo y con esta clase de gente alrededor no se puede. Pero no quiero la onda del ying y el yang ni las flores de Bach ni el olor a sahumerio, solo quiero que me dejen de joder un rato, que se calle el mundo para que yo pueda despertarme del todo, pensar en mis prioridades de hoy, hacer algo al respecto y después sí, que alguien baje la bandera de largada y que se vaya todo a la mierda.
O mejor, quiero sentarme y cerrar los ojos, hacer fuerza y desaparecer; transportarme al desierto de la nada y estar sola hasta cansarme.
Y después me vienen a decir que ‘crudo’ es el frío del invierno. Crudo es el invierno de mi humor, que vive bajo nieve y al que nunca le sale el sol!
Buen día, no me digas que no soy la compañera ideal para tu mañana fría. Pensá cómo estoy yo, que convivo conmigo y decime dónde trabajas que mañana paso a visitarte!

miércoles, 29 de junio de 2011

Me tienen harta con el frío!

¿En qué quedamos? ¿No habíamos dicho que frío del verdadero hace en otro lado?
Me harto de escuchar a la gente quejarse por 10 grados. Yo estuve bañándome en un lago en el sur un verano y el agua tenía una temperatura de 10 grados y ¿a que no saben? ¡Estoy viva! Sobreviví a los 10 grados y a mucho menos también. Y nadie me hizo un monumento en la puerta de mi casa, ni me consideran procer de la Argentina…
Me llena de odio entrar al edificio en el que vivo y que salga una vecina y me diga “¿Cómo andas negri?” -¿y a vos quién te dio confianza?- y que yo le responda “bien, ¿y vos?” y me mande un “mueeeeerta de fríooooo, ¡hay que resistir!”
Pará Che Guevara, en este momento hacen 14 grados, ¿qué carajo harías si vivieras en Neuquén? No me atrevo a mencionarte Tierra del Fuego por miedo a que colapses.
Dejémonos de joder! El frío es bueno porque nos pone en movimiento para distraer al cuerpo. Pero ¡esto no es frío! Me causa gracia cómo se emponcha la gente, porque un nene debe estar todo cubierto, pero señora, ¿es necesario que se ponga ese gorro y esos guantes y esa bufanda con 14 grados?
Mientras tengamos un lugar cálido al que ir, lo que menos importa es el frío. Si tenemos que laburar en la calle, es entendible, pero lo que le sobran a Buenos Aires son los edificios, con lo cual es muy difícil que corra viento y sintamos frío verdadero.
Veo los titulares en los informativos que desinforman y siento vergüenza ajena, se deben estar riendo de nosotros desde Mar del Plata hasta Jujuy. Hasta en Brasil hace más frío que acá, pero el porteño tiene que ser noticia, no vaya a ser cosa que deje de llamar la atención porque no hace tanto frío como en otros lados. Si lo que sobran en esta sociedad son las personas que hablan al pedo, yo me voy a unir a la causa de callarme la boca, sobre todo si se trata de quejarse porque el aire es gratis.
Año a año ocurre lo mismo; hoy ya escuché en dos canales distintos que quizá el fin de semana cae agua nieve. ¡¡¡Agua nieve!!!! Es el premio consuelo para los boludos! Lo único que hace el agua nieve es quemarnos las plantas. Dejémonos de joder, ¿nadie tiene una mierda que hacer en esta ciudad? Laburen loco, basta de “no” noticias. Acá no va a nevar ni de casualidad, solo va a haber temperaturas un poco más bajas, pero ni el viento se va a asomar.
Así es que compremos más verduritas, preparemos una buena sopa y a ocupar la vida en algo y dejar de quejarse todos los inviernos de lo mismo. Mañana se viene la tormenta de Santa Rosa y empiezan a joder con “qué calor” y pasado llueve y “este tiempo loco” y después humedad y así sucesivamente. ¿A nadie se le ocurrió cerrar la boca para no resfriarse? Ojalá salga por decreto, así puedo viajar en paz al trabajo. Y me calenté nomás.
Una vez más que escuche a alguien quejarse del frío y salgo en pelotas a refutar esa mentira y a convocar canales de televisión y ahí sí van a tener verdaderas noticias. “¡Se descubrió la identidad de la Ironía!”
Y por favor, cuando estés a punto de quejarte pensá en este post, puedo estar al lado tuyo!!!!
 


viernes, 24 de junio de 2011

Loca ¿linda? con disimulo.

Limada. Tocadita. Falta. Rayada. Con problemas. Enfermita. Ahora le llaman workaholic, algo así como adicto al trabajo.
Lejos estoy de ser una adicta al trabajo, muuuuuuuy lejos. Siempre tengo cosas muchas más interesantes que hacer, aunque ese hacer implique la inacción total. Ahora bien, con la producción bloguística soy otra persona. Tanto me gusta escribir, que no puedo evitar “trabajar” a toda hora.
Hoy es viernes, cuando termina nuestra jornada laboral estamos destrozados en el mejor de los casos y en lo único que podemos pensar es en tirarnos cual ballenatos en algún lugar medianamente cómodo de nuestro hogar. Pensamos en cenar algo rico, si nos queda alguna energía perdida por ahí podemos decidir entre salir o tener relaciones sexuales (porque a determinada edad las dos cosas son imposibles) y nos entregamos al viaje de regreso a casa, preferentemente con los ojos cerrados y sin pensar.
Yo quise desafiar a mi falta total de aire, a mi cerebro exhausto luego de haberme exprimido intelectualmente hasta el último minuto de la jornada y abrí mi libro de turno, sentada en el último asiento, el que se comparte con 4 muertos más.
No llegué a hacer 2 cuadras. A riesgo de terminar golpeada en el costado de la vereda, sangrando y pidiendo ‘basta’, mientras hacía de cuenta que leía, no pude evitar escuchar una súper conversación a mi lado. No fue ‘súper' por el contenido quizá, si no por el énfasis que le ponía la protagonista al hablar. Iba sentada entre la ventana y yo, del lado derecho del colectivo y a pasitos de la puerta trasera. Casi que gritaba. Lo primero que pensé fue así debo gritar yo cuando mi hermana me dice que estoy hablando fuerte. Pero enseguida me enganché con su conversación telefónica, creyendo que la chica era compañera de trabajo de una amiga y esperando que tirara algún dato que me permitiera comprobar esa teoría.
Obvio que no tenía nada que ver con nadie a quien yo conociera, pero bueno, me enganché en la conversación y necesitaba escucharla entera.
Aquí pondría todos los adjetivos con los que inicié este relato ……. Vos ponele el nombre que quieras. Como había sacado el libro de la cartera -no estaba copada con la lectura pero quería engancharme- y estaba fusilada como para recordar todos los detalles, decidí hacer 'algo más'.
Metí la mano dentro de mi cartera, haciéndome bien la boluda y tomé mi equipo de mp3. Lo prendí, sin los auriculares y presioné 'grabar'. Seguí haciendo de cuenta que leía y mantuve el mp3 a una altura que permitiera que el micrófono diminuto captara lo que la chica hablaba vaya uno a saber con quién. En algún momento hasta moví la cabeza como en señal de estar bailando al ritmo de la canción que no estaba escuchando. Lo bueno es que la chica estaba concentradísima en su charla, porque la entrada vacía de los auriculares le apuntaba justo a su cara y a mí me hubiera dado miedo estar al lado de semejante loca.
No, no chequeé si alguien me miraba del otro lado del asiento para 5 personas. De última, si me estaban mirando no veían la entrada de los auriculares o quizá se dieron cuenta de lo loca que estoy. Igual me interesa muy poco lo que hayan pensado, con todo lo que pienso yo de los demás no me puedo permitir censurarlos.

En un momento se le cortó la llamada a la chica y yo creí que lo estaba fingiendo y que enseguida iba a convertirme en la víctima de una pelea callejera pero dentro de un colectivo. Me tiré un poco para mi costado izquierdo y traté de mantenerme erguida para no caer ante el primer golpe. Pero la chica simplemente volvió a marcar un número (no sé qué número, tanto no me meto en la vida de los demás) y siguió hablando. En esta segunda llamada fue más lo que escuchó y menos lo que habló, por lo que sospecho que voy a encontrarme con bastante ruido de motor en la grabación.
No sé qué se habrá grabado porque todavía no me tomé el trabajo de presionar ‘play’. Igual, era obvio. Así como cuando me escribía una palabra difícil en la mano antes de entrar a un examen y esa era la única palabra que me acordaba por mucho tiempo, ahora me acuerdo perfectamente de la conversación de la chica con alguien (sospecho que con otra chica).
En definitiva, me da la sensación de que perdí el tiempo. Hice horas extras al pedo y me perdí la posibilidad de estar atenta a otras conversaciones que quizá resultaron ser más interesantes. O tal vez podría haber avanzado en el libro o dormir un poco.
Lo cierto es que, por las dudas nomás, ahora voy a cargar la batería del mp3 para el próximo viaje. ¿De qué habló la chica? De cosas que me hicieron pensar un poco. Pero eso lo dejo para otro momento, es viernes y estoy reventada.



jueves, 23 de junio de 2011

La respuesta, ¿la tendrán los evangelistas?

El otro día, viendo una publicidad muy graciosa de una Institución bancaria, recordé lo difícil que me resulta el ‘sometimiento’ a los sufrimientos cotidianos que me impiden ser feliz.
Soy un ser sufriente por excelencia. Todo me duele, todo me impresiona, todo me da ganas de vomitar o me baja la presión. No soy de las consumidoras de depilación con cera, en primer lugar porque Dios me regaló ese ‘don’, el de no tener el cuerpo revestido de vellos. Con lo cual, muy esporádicamente voy a la depiladora. Pero cuando voy ¡mamita querida, cómo lo sufro!
Toda mujer (y algún que otro hombre) que se haya sometido a semejante tormento arcaico, sabe de qué clase de sensaciones hablo. Pues bien, así como tengo un sentido del olfato demasiado desarrollado, tengo un sentido del dolor mucho más a flor de piel.
Llego al camarín de la depiladora, me sitúo en la camilla de la tortura y me muerdo una mano o un brazo y hago fuerza con los oídos, como tapándolos, al tiempo que intento no respirar para abstraerme de ese momento de dolor inconmensurable. La depiladora me habla, me pregunta de mi vida y se da cuenta de la situación por la que estoy pasando. Entonces tengo que explicarle que soy una exagerada de mierda y que tengo ese ‘ritual’ por las dudas, para estar preparada para el dolor. A veces grito y recibo una mirada muy indignada de la señorita que me atiende. A los 15 minutos -porque nunca demoro más que eso- salgo depilada y toda marcada por las mordeduras. Ahora que lo pienso, nunca lo hablé en terapia. ¿Tendrá solución?
Si me corto un dedo y el corte se ha producido de manera traumática (esto es, de cualquier manera que no sea cocinando, que de todas maneras es un trauma en sí mismo), primero se me baja la presión, después lloro intensamente y después espero a que alguien me limpie y me diga que no voy a morir. Pero mirar la herida, jamás!
Es común que escuche de quien me cura la herida que el tajito que me hice no tiene ni un centímetro. La verdad es que nunca lo sabré, porque no puedo mirarme.
Cuando era chica me hice un corte grosso y me tuvieron que dar 12 puntos. Nunca vi el hilo y creo que estuve un mes con venda y curaciones. Cada vez que mi viejo me cambiaba la venda yo hacía la mayor fuerza posible con el cuello, para mirar justo para el lado contrario al del brazo. Me acuerdo que había estado jodiendo y alardeando entre mis compañeros de colegio con que a mí nunca me habían enyesado ni cosido. Se ve que la vida quería demostrarme lo que es boludear con el destino y me puso una reja en el camino para hacerme un agujero en el brazo, hermoso.
Hace poco me llevé por delante un objeto contundente y me rompí un dedo del pie, salí corriendo casi sin aliento al baño y lloré mucho durante casi 10 minutos. Me tapé, no sé cómo, el pie con papel y vi cómo se llenaba de sangre mientras recordaba los mejores momentos de mi vida en segundos y me preparaba para morir.
En todas estas ocasiones siempre habrá alguien que oficie de ‘víctima’ de mi sufrimiento (y seremos dos). Prestará su ayuda inocente desconociendo lo que le espera. La víctima de mis dolores y heridas querrá ayudar pero no sabrá cómo hacerlo. Se acercará para ver qué me pasa y tendrá que esperar unos 10 minutos hasta que deje de llorar y se le pasarán cientos de razones horribles de mi llanto desgarrador por la cabeza. Una vez que yo pueda hablar (y lo sé porque he visto esa mirada en todos mis momentos de dolor), contaré lo que me ha sucedido y la víctima intentará reírse. Pero se tragará su sonrisa y, en su lugar, tratará de ver la herida a pesar de mis esfuerzos por impedir que me toque. Observará tamaño y calidad y limpiará  la zona. Luego me dirá cómo debo hacerlo yo sola. Pero no voy a poder hacerlo, soy incapaz de verme una herida, una cascarita, un agujerito, un tajo. No puedo porque mi cabeza es más rápida que mi vista y me habré imaginado miles de posibilidades antes de ver la realidad.
Jamás voy a ser una buena compañía para quien tenga algún accidente doméstico o se corte o sienta dolor o lo que sea. Antes saldré corriendo en busca de un tercer ser humano que pueda ayudar a quien me pide ayuda a mí, lloraré o me desesperaré y luego quedaré completamente inmóvil. Con mucha suerte pueda marcar un número telefónico, pero antes de eso tendré que sentarme para evitar el desmayo seguro.
Quiero parar de sufrir, quiero que la sangre que vea en alguna de mis heridas de torpe o de mala suerte me guste tanto como la que veo en las películas de terror que la salpican por toda la pantalla. Quiero que venga un evangelista a casa y me expliqué cómo hago para dejar de torturar a los demás por un simple puntito rojo en mi axila o en mi dedo o en mi pierna. Porque yo ya vi el programa nocturno y no puedo. Lo intento, pero no puedo. Me resulta imposible parar de sufrir!!!





martes, 21 de junio de 2011

Soy María Prejuicio, pero tengo razón ¿o no?

No es una noticia de primera plana de diario el hecho de que la gente crea que la guita te hace más o mejor. El dinero se compone de pedazos de papeles con distintos números que, conforme nos enseñaron en el colegio, tienen un valor superior a medida que aumentan los dígitos.
Entonces tenemos un par de papeles en el bolsillo que en el mejor de los casos conseguimos por entregar 9 de las 13 o 14 horas diarias que le brindamos a algún hijo de puta (o no) que hace lo que le gusta durante esas horas y los usamos para cambiarlos por cosas que nos hacen falta.
El hijo de puta (o no) se va a jugar al tenis, vos le sacas el laburo atrasado que después presentará ante su superior alardeando lo que no sabe ni ha resuelto y él, a cambio, decide que eso tiene un valor de 100 papeles.
Te da los papeles a fin de mes, porque primero necesita asegurarse de tu rendimiento y entrega de  unas mínimas 45 horas semanales y vos salís a cambiarlos. Por lo general primero pagas los impuestos, esos aportes que tenes que hacer como consecuencia de formar parte de una sociedad, esa… llena de gente que te rompe las bolas y te complica la vida. No vale la pena analizarlo demasiado porque donde pensas un poco más allá, te queres cortar las bolas.
Después compras alimentos para consumir y tener energía para aguantar 9 horas diarias explotando tu capacidad en algún cuadrado de 3 x 3 o 4 x 4. En ese cuadrado estarán a diario todos esos seres a los que tanto queres y que ya he descripto antes, muchos de los cuales reciben más papeles que vos y seguramente no hacen ni la mitad. Pero acumulan más papeles. Ellos quizá no usan los papeles para pagar el vale de vivir en sociedad. Quizá los usan para comprarse un perfume importado o para pagarse unos pasajes a un lugar de descanso o para ir a juntar energías a un restaurant.
Ellos, los que tienen más papelitos que vos, son los mismos que creen que más papelitos es directamente proporcional a más viveza, a más capacidad, a más conocimiento, a más “calle”. Son los que entran canchereándola a un lugar con mucha gente y cuentan que acaban de comprarse un súper auto para ir a sentar sus culos a una silla igual a la tuya, para pasar la misma cantidad de horas que vos explotando su capacidad (o no, jaja) para juntar papelitos para terminar de pagar las cuotas del súper auto. Y a vos te salió menos de un papelito llegar al trabajo, entonces no entendes en dónde está la "viveza" del otro.
Son los que no saben ni escribir champagne, pero se jactan de tomarlo porque es caro, requiere del cambio por muchos papelitos para su consumo y les hace creer que champagne es igual a “mejor”, “con más clase” o “más vivo”. Lo triste es que hace más de 10 años se terminaron los 90' y el alarde ese te delata la edad, lindo.
Esos también son los que te la cancherean con algún lugar en el que se comieron el mejor bife de chorizo por alrededor de 80 papelitos y vos con menos de 10 te comiste flor de pechuga de pollo en tu casa.
Ahora bien, el origen de la proporcionalidad debe tener una razón de ser. No puede ser que la creencia de “más" y “mejor” sea únicamente por la cantidad de papeles que tenga en el bolsillo.
Lo que sí es claro es que en este tipo de personitas copadas, la riqueza de papeles es inversamente proporcional a la de espíritu. Son tan pobres que necesitan hacerse de muchos papelitos para sentirse bien. Y no la ven, son tan esclavos del sistema como nosotros y cada día se esclavizan más, porque quien más tiene más mantiene.
Yo lo pensaría dos veces la próxima vez que me quiera hacer el poronga porque me gasté 800 mangos en una cena... Al final, más calle tengo yo, que no me alcanzan los papelitos para comprarme el auto y me tengo que ir caminando al laburo. ¿Alguien tiene monedas?


miércoles, 15 de junio de 2011

Odio a las víctimas y a las señoras traicioneras!

Víctima de mí, eso es lo que soy. Me la paso criticando lo que me he dado cuenta que yo también hago. He probado de mi propia medicina y, sin seguro médico, me ha salido muy caro.
Concretamente, he sido víctima de mí misma en el transporte público. No podía ser de otra manera. Me pillé a mí misma haciendo lo que observo de los demás y lo que uso de material para escribir.
Y no ha sido de manera inocente, ha sido a mucha conciencia. Eso me genera más bronca y más pudor. Obviamente la situación en este punto y luego de casi 24 hs de sucedido lo sucedido, no puede ser enmendada.
Ayer fui a visitar a una amiga que vive casi en el Jujuy de Buenos Aires, algo así como lo más al norte adonde uno puede ir a parar, sin salir de la Ciudad. Fui a visitarla pero con ella, porque como estaba cerca de mi oficina, partimos juntas hacia su casa. Es impresionante la cantidad de barrios que una no conoce en esta jungla de cemento (¡qué original mi metáfora!).
Ni bien subimos al colectivo le recordé a mi amiga que ese era mi lugar de mayor trabajo, puesto que es allí donde recabo la mayor cantidad de anécdotas y cuentos ajenos para ironizar.
No obstante ello, a los 5 minutos estábamos hablando (especialmente yo) como dos cacatúas desenjauladas hacía poco y con ansias de contar todo ya.
Recorrimos todos los temas que suelo escuchar en voces ajenas cuando viajo: novios, maridos, hijos, sobrinos, amigos, ex amigos, dietas, padres, actores, novelas. Casi no nos quedó tema para el mate, pero siempre hay algo más para decir, por suerte. Así es que agotamos la mayor cantidad de conversaciones mientras recorríamos quién sabe qué calles.
En un momento le pregunté cuánto faltaba para Chapadmalal, porque parecía que hacía siglos que estábamos paradas en ese colectivo.
Yo no perdí mi tiempo y me lancé a hacer todas las cosas chistosas que se me ocurrieron, desde imitar a las señoras que suben y dicen momentoooo, hasta hacerme la que me peleaba con el chofer porque había frenado bruscamente en un semáforo.
Entre mi amiga y yo viajaba una señora, a la que un par de veces miré de reojo y hasta compadecí, porque sentí que hacía las veces de YO en mis viajes sin compañía.
Y charlamos y charlamos y charlamos y nos dimos el lujo (siempre todo más yo que ella, obvio) de criticar con nombre y apellido a varias víctimas de nuestro largo viaje.
En determinado momento hasta le pregunté la hora a mi amiga, sentía que se me terminaba el aire y que aún no estábamos ni cerca de su casa. Hasta que ya vislumbrando barrios más conocidos o quizá lugares que han aparecido en televisión, me ubiqué y dejé un poco de hablar.
Y la señora que venía viajando entre nosotras y que había sido testigo de todos nuestros divagues y críticas, me pidió permiso para pasar por delante de mí y bajar. Justo en el instante en que estábamos cara a cara, me dijo “Hola, ¿cómo estás tanto tiempo?” y yo recorrí 15 años de vida en busca de esa cara que me sonaba, pero a la que no podía ponerle un nombre. No solo me humilló haciéndome retroceder mentalmente en todo ese viaje, para saber qué mierda había dicho que ella NO hubiera tenido que escuchar, si no que hizo lo mismo con mi amiga. La miró y le sonrió “a vos también te conozco”.
Ambas saludamos educadamente, siempre sin llamar a la señora por su nombre, porque no tuvimos idea en ese momento de quién era.
Cuando se bajó rompimos en carcajadas, yo más de los nervios que por gracia. Todo el trayecto hacia la casa de mi amiga me lo pasé repasando la conversación que tuvimos al lado de la hija de puta que esperó hasta último momento para demostrarnos que se bajaba portando información que me puede hundir de una vez y para siempre. Eso no se hace, se saluda ni bien uno se da cuenta de que tiene a alguien conocido al lado. A mí interrumpirme, no me humilles haciéndome dar cuenta que soy una bocona que piensa, como casi todos que en un colectivo en esta ciudad tan grande no me va a conocer nadie, así que la critico con nombre y apellido y me la banco!
Hoy te puede tocar a vos….así que hablá en clave o decí nombres falsos. Yo ya estoy jugada, esperando que toquen a mi puerta.

lunes, 13 de junio de 2011

No es otro caso de inseguridad en las calles

Me robaron el sentido del humor. Alguien lo debe haber tomado de mi cartera en algún momento de distracción o quizá lo vio en el bolsillo de la mochila en el amontonamiento del subte.
Quizá no. Quizá alguien lo tomó prestado del esbozo de una de mis únicas sonrisas diarias. El problema es que no sé quién ha sido y mi vida desde entonces se está tornando insoportable.
Añoro los días en los que, con mi hermana, nos juntamos a reírnos y reírnos hasta que nos doliera la panza. Cualquier excusa era buena para reír.
También extraño las conversaciones con mi amiga que -siendo las dos de lágrimas feliz fácil- nos hacían llorar con dos o tres anécdotas mínimas pero efectivas para levantar el ánimo.
Sin el sentido del humor todo me lo tomo a pecho, nada me causa gracia y en lugar de hablar, ladro. Pero ya ladro a un punto que da miedo.
El viernes me llamaron de una importante empresa que defiende la paz verde y me preguntaron si quería aportar “un poco más” a la causa a través de una donación de dinero. Les pedí que volvieran a llamarme hoy.
A media mañana sonó el teléfono, descolgué el auricular y dije el “hola” más feo de mi vida. Si yo hubiera estado del otro lado, hubiera cortado. Pero el chico fue corajudo, se aclaró la garganta y pidió hablar conmigo. Triste sorpresa cuando le dije que yo era yo. Así es que la remó y me hizo todo el verso de nuevo y yo, inmutable con mi cara y mi actitud de orto, solo esbocé un ‘sí’ frío y seco ante sus explicaciones poco interesantes. Cuando terminó de hablar (porque seré cara de orto pero tengo códigos de respeto) le dije “decidí que no voy a donar dinero, porque ya dona otro familiar y no.. no tengo ganas de donar”.
Pobre pibe, se quedó medio segundo tildado y luego colgó agradeciendo mi tiempo perdido. Yo no me agradecí haber perdido mi tiempo escuchando a alguien al pedo, cuando ya sabía que mi respuesta iba a ser ‘no’. Tendría que haber atendido y ante la presentación del interlocutor debí haber dicho de una ‘no voy a colaborar’. Incluso, esa respuesta hubiera estado más a tono con una persona a la que le han sustraído sus escasas sonrisas.
Una compañera intentó tener una mínima conversación conmigo este mediodía. Fue como una imagen en cámara lenta, la miré con mi mejor cara de orto y vi cómo sus intentos iban a parar al tarro de basura que tiene debajo de su escritorio. Efectividad 100%, una sola mirada basta para que dejen de dirigirme la palabra.
Una amiga me mandó un mail contándome el drama de su fin de semana. Le respondí que era lunes para todos y que no me rompiera las pelotas, que bastante tengo con mi cara frente al espejo. No logré que deje de escribir, pero al menos está advertida de que mucho no va a obtener hoy de mí.
Mi jefa me mandó a llamar para ver qué me pasa. Nada, no me pasa nada, ¿me tengo que cagar de risa todos los días y jugar al payaso feliz para que no me mandes a llamar? Bueno, no tengo ganas, ¿cómo lo resolvemos?
Igualmente, el sentido del humor me falta hace varios días, esto no sucedió hoy. Quizá el jueves, que fue el día en que volví del trabajo en subte. Ese día tenía varios grupos de chicos riendo alrededor. ¿Alguna de esas risas habrá sido mía y no la reconocí en la boca de otro?
¿Y qué hago ahora? ¿Voy a la comisaría y digo Señor oficial, vengo a denunciar el extravío, con probabilidad de hurto, de mi sentido del humor? ¿Cómo hacen para encontrarlo?
Puedo aportar un par de datos que lo distinguen del sentido del humor de los demás: risa fuerte, que se ahoga y deriva en carcajada incómoda para terceros, con sobredosis de comentarios sarcásticos, crueldad en la medida justa y una carga gigante de ironía, que nunca falta.
Listo, ahora lo publico en los clasificados de algún sitio con muchas visitas. Si alguien lo encuentra, mándemelo antes de que el mundo se me vuelva imposible!!!

A mí no me vendes nada!

No puedo decir que estoy indignada, porque lo dije hace unos días. Pero, entre nosotros, me siento así: indignada y estafada. Quiero creer que no hay una mente femenina involucrada en todo esto, pero es tan probable como que mañana va a nevar en Buenos Aires.
Este fin de semana –entre otras cosas- me dediqué a observar con detenimiento las publicidades que aparecen en los canales de televisión. Supongo que no soy la única que se ha dado cuenta, pero creo que voy a ser la primera en expresar mi parecer al respecto.
Es solo cuestión de prestar un poco de atención y vas a ver a qué me refiero. Primer bloque de la novela de turno, corte publicitario y aparece una mujer que va caminando por la calle. La detiene alguien y le pregunta cómo están sus dientes. Ella manifiesta que los nota sensibles y le hacen una prueba con una pasta dental. Buenísimo, nada demasiado trascendental si no fuera porque acto seguido una voz en off habla de la gingivitis, el mal aliento y muestran a una mujer que –presumo- tiene estos problemas a diario. Pero no veo un hombre que padezca estas cuestiones.
Siguiente publicidad, limpiador cremoso para la cocina. Aparece una mujer preocupada (porque quitarle la grasa a la cocina nos quita el sueño, sí…) y se pregunta cómo dejar limpia su cocina luego del plato que ha preparado. Ojo, antes te muestran que hizo la receta que enseñaban en el programa del famoso cocinero y te muestran que la cocina ha quedado hecha un desastre. De pronto, aparece un súper héroe de limpiadores y asunto terminado, la mujer contenta y la cocina reluciente. La mujer tenía un problema relacionado con la limpieza (esta vez externa) y un súper hombre se lo solucionó.
Puedo seguir con la estúpida mujer que tararea una melodía horrible y pegadiza mientras cuelga la ropa y el marido llega y le pregunta cómo está, si lo ama y ella contesta tarareando. Ella lava y él llega… y se rasca. Ella lidiando con la suciedad y él, nada.
Siguiente publicidad, un grupo de mujeres discute respecto de sus dificultades para ir al baño. Antes de haber probado el producto que se vende, están todas vestidas de marrón –muy elocuente-. Luego de adquirir el producto, están vestidas de blanco y violeta. No veo ningún hombre en la publicidad, se ve que todos ‘van bien de cuerpo’.
Otra más, mujer que camina alegremente por la calle. Te muestran que antes se bañó y que se puso un protector y te cuenta la voz en off que para estar “segura” durante el día y no tener “olor”, debes usar esos protectores. ¿A qué seguridad se referirá la publicidad? Porque si un protector va a protegerme, entonces empiezo a cargar el paquete en la cartera cuando salgo de noche sola! Hombres no hay, ellos no necesitan seguridad ni protección contra el olor.
Siguiente publicidad, crema para las arrugas del rostro de una mujer, que promete casi la belleza eterna. No veo hombres que la usen.
Siguiente publicidad, desodorante que reduce el vello y que no deja manchas en la ropa y hasta la prueba de darse vuelta la ropa y todas las mujeres con la remera al revés.
Siguiente imagen, postre dietético y muchas mujeres comiéndolo…
¿Se entendió? ¿O lo explico? En las publicidades de la televisión ningún hombre tiene mal aliento ni gingivitis. Ningún hombre cocina ni limpia. Ningún hombre lava la ropa ni tiene problemas para ir al baño, ni tiene olor en sus partes íntimas, ni transpira, ni mancha la ropa, ni hace dieta.
Para la televisión y para las malditas agencias de publicidad, los hombres son perfectos. Les importa un huevo exponer a la mujer como un pollo abierto al medio, contando todas sus intimidades como si comentaran la temperatura del día y sin embargo, no tienen reparos en mostrarlo a él como la perfección hecha carne y hueso.
No quiero estar cenando y escuchar, de pronto, que el olor de la mujer como consecuencia del día agitado… con un hombre al lado mío. No quiero que a él le cuenten de los olores. ¿Y si yo no tengo olores qué?
El hombre anda en autos caros por ciudades inventadas, se afeita y tiene –debajo- la piel perfecta. No necesita cremas, ni dietas, ni productos para el cuidado personal. La mujer, en cambio, tiene olores, no puede ir al baño, se pone mal cuando se indispone, hace un quilombo terrible cuando cocina y después necesita productos mágicos para limpiar. El hombre solo anda en autos 0 km y se pone perfumes y desodorantes para atraer mujeres, que tienen olor y problemas de todo tipo y viven necesitando combatirlos con los productos que venden en la tele.
No quiero imaginarme que exista una mujer que se siente cada mañana a pensar las publicidades en las agencias de publicidad, porque debe ser una hija de puta terrible a la que no le interesa denigrar cada partícula femenina.
El hombre es perfecto! Pero no es el hombre que está en la oficina y hace las veces de nuestro compañero de trabajo, no es nuestra media mandarina sin semillas, no es el chofer del colectivo, ni el carnicero del barrio, ni el profesor de la facultad. Ese hombre, es un cuento, porque no existe el hombre que no chive, que no tenga olor a bolas, que no tenga mal aliento y que no necesite cremas.
Si existiera, sería tan hijo de puta como la mina que arma las publicidades denigrantes y seguramente, no se fijaría en mujeres, si no en hombres perfectos como él.


jueves, 9 de junio de 2011

Conversaciones entre buitres

En esta oficina todos están capacitados para hablar de todo. Cualquier tema puede tocarse con la profundidad a la que los interlocutores aspiren llegar. Cualquiera sabe todo lo que pasa con un caso público, con el gobierno, con la educación, la alimentación, los talleres de costureras esclavas, la droga, etc, etc, etc.
Debería sentirme orgullosa de trabajar con esta gente, porque me permiten ser mejor persona a la fuerza, ya que quiero diferenciarme sí o sí de ellos.
Una mañana cualquiera el buitre A llega y comenta contento que ha adquirido una ‘tortilla’ para compartir con todos en el desayuno. El buitre A le llama tortilla a una especie de pre pizza finita horneada en un puesto en la calle, por lo general a la salida de una estación de subte y puede ser simple o con chicharrón. Tiene un olor exquisito y es muy rica.
El buitre B le devuelve una mirada vacía y baja la vista hacia el paquete con una mueca hacia el costado que demuestra cierto desprecio.
Convengamos, comprar alimentos en la calle no es de “gente bien” y no todos los buitres están acostumbrados a hacerlo. Yo miro la escena desde afuera, como no puedo comer esa ‘tortilla’, ni se me pregunta ni opino.
En eso llega el buitre C, que mira el paquete con ganas, porque le pica el codo y se lleva a su casa hasta el agua del dispenser con tal de no pagar. Pregunta qué hay y el buitre A le responde que hay ‘tortilla’. Como A es un buitre sumamente prejuicioso pero no es “gente bien”, aclara que la ‘tortilla’ fue adquirida en la calle, pero a una señora que puso el puesto hoy (como si eso cambiara en algo la situación).
Inmediatamente aparece en escena el buitre D y con voz muy alta y movimiento corporal despectivo espeta un: ‘¿qué es eso?’. En ese instante me gustaría gritar ¿y a vos quién te llamó buitre gordo y metido? Rajá de acá que no sos de esta manada de buitres. Pero sigo jugando a la espectadora y el buitre A vuelve a decir que es una ‘tortilla’ y yo me pregunto por qué no esperará a que termine de llegar todo el mundo para presentarles la tortilla o por qué no armará un cartel que diga “aquí tortilla” y nos dejamos de joder.
El buitre D, que no tiene ningún reparo por nada, pone peor cara que aquella con la que entró y lanza un “¿se lo compraste a las mugrienta de la esquina?”. Bien, esto se pone interesante, evidentemente este buitre ha trabajado en alguna empresa especialista en aseo personal o se ha acercado lo suficiente a la vendedora, a juzgar por su afirmación.
El buitre A intenta defenderse, al mejor estilo “garca-lava-manos” y responde “yo la miré un poco y…” no llega a terminar su oración –para suerte de mis oídos- cuando interviene el buitre C y le dice “¿le preguntaste si se tocó la cola?” y a mí me dan ganas de poner una molotov e irme a la mierda, pero aguanto y veo cómo termina la conversación entre intelectuales.
El buitre A termina su oración con un “…es una vendedora nueva” en un intento por revalorizar la tortilla y nadie acota nada más, para beneficio de mi salud mental.
A lo largo de la mañana se los ve desfilar a todos los buitres en busca de un pedazo de ‘tortilla’, desde el A que la trajo, hasta el D que le pasó luminol.
 Por supuesto, a ningún buitre se le ocurre agradecer el gesto del buitre A. Para qué, ¿no? Parece que entre ellos se entienden y más que críticas no hay.
Al finalizar la mañana, al buitre A le queda un pedacito para comer y se ve que no quiere compartirlo. Con lo cual, para cerrar los comentarios felices de la jornada, resume la sesión de prejuicio, crítica y desparpajo con un “las gorditas son felices, así es que yo voy a comer….por suerte Dios me dio esta contextura física” –delgada y terriblemente discriminadora-.
Amén. Todo lo demás lo dijeron ellos.

miércoles, 8 de junio de 2011

Indignada

Me tomé el trabajo de volver a navegar dentro de un diario de primera línea para, desde allí, poder acceder a una revista de esas que lo único que tienen son test repetidos, tratamientos para adelgazar imposibles de costear con un sueldo medio y fotos viejas de prendas de moda que se reiteran.
Tuve suerte, no me tomó más de 2 minutos encontrarlo. Hace una semana, de chusma, me metí en la página de esta revista y encontré un apartado de blogs. Y me indigné. Pensé en mí, en mis ganas de escribir de siempre, en las ganas que tengo de hacer que mis posts lleguen a la fama y en el espacio poco publicitado que comparto con ustedes. Más allá de las consideraciones personales, la semana pasada el blog de una de las mujeres que tiene un espacio en una revista perteneciente a un Editorial de renombre, titulaba un post “Como un gato”.
Debido a mi enfermo amor por los felinos, decidí meterme y leer, quizá, alguna aventura casera del animal de esta persona o ver fotos de gatitos que le gustaran o fuera uno a saber qué.
Para mi sorpresa, el blog debatía, en 22 renglones (los conté, sí) la delicia de que a una le toquen el pelo.
No lees mal, la mujer le dedicó 22 renglones a su gusto por que le toquen el pelo. Eso no hubiera sido indignante, porque cada uno puede hacer de su culo un pito.
 Lo indignante fue haber bajado con el mouse a través de la nota, para ver que la mujer tenía 97 comentarios de unas 97 mujeres a las que les gusta este tipo de lectura vacía y sin sentido alguno.
Es decir, al resto de las mujeres nos deja en un lugar que YO (siempre yo, porque soy yo la que escribe en este blog) detesto y que creo que no tiene nada que ver con quien soy y con lo que pienso. La mujer que comenta estas notas vacías tiene que ser la misma que lee los tests “¿De qué color es el sweater que deberías comprar este invierno?” para saber qué mierda comprarse porque no puede decidir entre negro y gris y que además, comparte el maldito test con su grupo de compañeras de trabajo. Es la que cuenta que al nene se le caen los mocos y que se compró el succionador, que debe ser uno de los aparatos más desagradables que he tenido el infortunio de conocer. Es la que hace la dieta de algún astro y te tortura contándote las calorías que tiene cada cosa que te llevas a la boca y te rompe las pelotas para que la acompañes a caminar a paso vivo, moviendo los antebrazos con velocidad y como un robot malogrado, con un equipo de jogging nuevo y bien llamativo. Es la que va a la peluquería de manera obligada una vez por semana, porque no le basta con quemarse el pelo en casa, necesita de muchos productos químicos para terminar pelada en 2 o 3 años. Es la que no se banca no tener las botas cortitas con las calzas estampadas, ese estampado de siervos que también está en los sweaters, los guantes y las camperas y que evidentemente se mandó a coser a granel para que todas estén iguales, como si tuvieran un uniforme para sus vidas.
Y no quiero ser recontra jodida, pero si vos leyeras en el blog el siguiente comentario, ¿no te gustaría conocerle la cara a la persona que escribió esto?:
A mí no me gusta mucho que me toquen el pelo, salvo mi mamá, mi marido y mis hijos. Si son ellos, me encanta… ahora otra persona, no… gracias! Y tocar el pelo de otro, ídem… salvo esas personas, no… paso! Besos para todos!”
Y ¿Esto?: “A mí el pediatra me dijo que tenga cuidado porque si quedan pelitos enredados en los dedos por mucho tiempo (a la noche, me imagino), les puede cortar la circulación…” (¿Acaso el hijo de esta mujer  ¿es Sanzón?)
Y ¿Esta pobre mujer?: “Mi mamá decía que las mamás que no se dejaban tocar el pelo por las hijas eran malas madres… A mí no me gusta que me toquen el pelo, lo tengo muy largo y se me cae mucho!! Me molestan los tirones, por eso desde que nació mi primer hija lo tengo siempre atado, con rodete, para que no se cuelguen (y para no tener que barrer tanto, odio ver mis pelos en el piso!) A ellas sí me encanta peinarlas, pero no se dejan mucho… salen a la madre!”
A lo que voy es a esto, ¿cómo puede ser que existan 97 mujeres leyendo este tipo de nota y –lo que es peor- comentándolas? ¿Tan boluda se vuelve una mujer con el paso de los años y con los hijos? ¿Tan mal nos puede hacer quedar una congénere?
¿Dónde están la inteligencia, versatilidad y el ímpetu con los que la mujer se ha ido imponiendo en la sociedad? Yo no digo que seamos intelectuales 24 horas al día, pero tampoco pelotudas a tiempo completo! De hecho, no me parece que todas las notas femeninas tengan que necesariamente ser huecas y estúpidas. Pero si pruebo y sigo buscando, no encuentro temas ‘interesantes’ para leer en estos espacios. Hay notas increíbles como “Cuál es el número ideal de amigos en Twitter” o “Claudia Schiffer ¿demasiado delgada?” o “Cómo ahorrar para darte un capricho”.
Esto, ¿es contagioso? Porque (por Dios!) me da miedo hasta pasar cerca de un kiosco de revistas. En definitiva, qué bueno no tener un espacio en la editorial X, para la cual tengas que escribir este tipo de idioteces, porque apenas me banco leerlas.
Después no nos quejemos cuando veamos algún sketch en el que nos parodien como auténticas boludas. Y no me digas que la próxima vez que veas alguna de estas revistas no te vas a acordar de mí, porque no te creo!
Sí, soy una reventada que critica a todo el mundo. Lo bueno es que lo hago público, peor sería que no supieras lo que pienso...

miércoles, 1 de junio de 2011

No estoy taaan mal...

‘Qué difícil se me hace…’ cantaba César ‘Banana’ Pueyrredón hace unos años. Me da la sensación de que le erraron con la fruta, debió haber sido César ‘Pera’, pero nadie me preguntó qué opino de César, ¿no?
A mí se me está haciendo difícil no ser yo. Es complicado, porque uno de estos días voy a recibir un golpe y ahí me quiero ver, levantándome y retomando mi postura con un puño marcado en la cara.
Cuando veo al personaje del programa Duro de Domar que llega cada noche y dice “estoy re caliente”, me mato de risa. Y resulta que luego no me causa ninguna gracia escucharlo de mi boca, dos o tres veces por día.
Pero parece que hay gente que está peor que yo y que pierde la cordura con mucho menos de lo que yo necesito. Hace dos días, sin ir más lejos, tomé un colectivo para volver a mi casa luego de un largo día y la unidad demoró 20 minutos en hacer… ¡¡¡2 CUADRAS!!!
Yo no tenía apuro, es más, me daba igual llegar más tarde o más temprano. Una mujer de unos 2 o 3 años más que yo, en cambio, experimentaba todo lo contrario. El colectivo apenas avanzaba a 0.5 km por hora cuando uno de los pasajeros decidió bajarse y yo vi la oportunidad de sentarme. Pero inmediatamente esta mujer apurada comenzó a gritarle al chofer “¿No podes seguir por esta calle para tomar la avenida?”. Para empezar, toda oración que comienza con el “no” está condenada al fracaso. Pero me dio la sensación de que tal sugerencia no iba a ser bienvenida por la mujer, así es que no le dije nada. A esa pregunta y la obvia negativa del chofer, le siguieron los comentarios y llamados telefónicos de algunos pasajeros, tales como “estamos atascados hace 20 minutos y el chofer no quiere desviarse de camino, así es que ponele un plato más que capaz quiere cenar con nosotros” o un “no sé a qué hora voy a llegar porque el chofer se desvía siempre, pero justo hoy no quiere seguir por ésta” o el más popular y desubicado “para hacer piquetes nos podemos desviar por cualquier calle, pero para evitar un quilombo de tránsito tenemos que comernos 5 semáforos”.
Mientras se hacía causa común de la situación en el colectivo, yo decidí moverme hacia la parte delantera con la intención de bajarme, caminar un par de cuadras y abordar otra línea, pero el panorama no era el mejor. Había mucho tráfico por donde se mirara.
Finalmente me senté en el primer asiento y desde allí, con la ayuda de otra chica a quien le daba vergüenza como a mí lo imbécil que puede ser la gente a veces, comenzamos a responderle a la mujer que continuaba despotricando, al grito de “bajate y tomate un taxi si estas tan apurada”.
El chofer colmó su capacidad de hacer oídos sordos y decidió informarle a la mujer que no podía desviar su camino por X razón y le recomendó que ante cualquier reclamo, se comunicara con el 0800 que figuraba a un lado de la unidad. Luego agregó que él debía estar en menos de una hora del otro lado de la ciudad y que a él también lo perjudicaba la tardanza, pero que lamentablemente el tráfico estaba complicado y que no avanzaba como consecuencia de ello y no por puro capricho.
Casi lo aplaudo, porque supo mantener la cordura y fue respetuoso. Yo me hubiera levantado para ir a “invitar” a la mujer a que se bajara inmediatamente del colectivo y nos dejara de joder a todos. De hecho, volví a considerar bajarme, pero seguía sin tener apuro y la cosa se estaba poniendo interesante.
Todos esperamos que llegara la respuesta de la “apurada” y ella no nos dejó con las ganas. Antes de que pudiera terminar de hablar el chofer, la mujer le refutó con un violento “a mí no me hables”. Entonces el chofer le aclaró que estaba respondiendo a sus dudas respecto del desvío del camino y la mujer selló el reclamo –ridículo- con un “yo no te hablo a vos, así que no te hagas cargo y deja de mirarme por el espejo retrovisor. Si te haces cargo es porque me das la razón, pero yo a vos no te hablaba, así que ahora voy a hablar con el inspector”.
Aplausos señores, esta mujer ha perdido la cordura en tan solo 5 minutos!!! Y yo que creí que venía batiendo records, resulta que me entero en un viaje más hacia mi casa que estoy completamente bien del marote! La gente está muy mal de la cabeza y temo que sea contagioso!
Así es que para festejar mi –todavía- óptimo estado de salud, he decidido reincidir en esa línea de colectivos y hasta en esa parada porque estoy súper ansiosa por volver a vivir una experiencia que me muestre lo bien que me encuentro!!! La cita es hoy a las 18 hs en Plaza San Martín. Los espero!
(Y ojalá que algún día todos estos nabos se compren un auto)

Gente como uno... seguro que no.

El snob es un personaje que no tiene desperdicio. Anda de aquí para allá lleno de etiquetas ajenas y orgulloso de hacerle propaganda a personas o empresas llenos de guita.
Es como un publicita que labura ad honorem y se cree más por ¿hacer caridad quizá? Es muy cómico ver llegar al snob; en el caso de la mujer lo primero que hace es apoyar su cartera en el centro de la mesa del bar o restaurant en el que se van a encontrar y la chapita siempre mira hacia la persona que la está esperando. Obvio que el movimiento es involuntario y bajo ningún punto de vista quiere que te des cuenta de la cantidad de plata que gastó en ese bolso horrible, que dice “x” en su frente. Si no le decis nada de su adquisición, seguramente va a hacer de cuenta que se le rayó o se le manchó y allí va a intentar llamar tu atención con un “Uy, me la compré hace 2 días, me salió 600 pesos y ya está manchada”.
Las marcas que consume el snob son las más caras y suelen ser importadas. Por lo tanto, nunca pasan desapercibidas porque sus insignias son enormes y de colores bien llamativos. El producto es casi de la misma calidad (y a veces de calidad inferior) que el resto de los productos que no tienen la chapita. Pero comprarte “aunque sea un llavero de Luis Vuitton” te da un status que no te da el llavero abrelatas que compras en la ferretería.
El snob siempre compra productos en Miami o si se olvida, en el free shop cuando vuelve de viaje. Saca su tarjeta de crédito en todo lugar al que asista, a costa de quedar en descubierto el resto del mes por haber comprado más allá de donde le daba el culo. Usa anteojos de sol en todas las reuniones sociales a las que asiste.
Trata de tomar taxi y si no lo hace, aduce una excusa poco creíble como el miedo a la velocidad de los choferes o la comodidad de las nuevas unidades de la línea que lo deja cerca de su casa.
Tiene un bb o blackie o teléfono celular-computadora, con el que escribe mails y mensajes todo el santo día o se mete en Facebook o twitter, aunque no los sepa usar, porque de alguna manera tiene que justificar los dos mil mangos que se gastó en un rectángulo incómodo que no sirve más que para aparentar.
Se junta a tomar el té, nunca a tomar mate y lleva masas, nunca bizcochos; aunque después se come hasta los bordes de la pizza –si quedaron en algún plato ajeno, porque es chic-. Si hay un deporte para seguir, será el rugby, el golf o el polo. El futbol es una grasada y es estupidizante.
Asiste a cama solar en agosto, para ser el o la primera en tener color en el comienzo de la primavera, cuando lo más natural es estar blanco porque está terminando el invierno.
Los pobres le dan “cosita” y se prende en un par de movidas caritativas, siempre y cuando no tenga que hacerse presente en ningún lugar en el que pueda embarrar sus botas nuevas.
Nunca le falta nada de lo último, desde la juguera hasta la agenda del personaje retro que estuvo de moda también hace 20 años.
Come sushi y le encanta, aun cuando no sabe si está hecho con salmón o con queso crema. Toma tragos “cool” como el margarita o alguno que haya visto en una serie de gente “bien”.
Lo bueno de esta gente, que se cree más, mejor y que anda por la vida sintiendo “lástima” por quienes no comparten su forma de ser, es que también cagan en el baño, sentados como nosotros y en ese punto, la igualdad se hace presente y todos podemos reírnos de todos, sin marcas ni etiquetas.
Así que, querida, traete la cartera de Luis Vuitton, tu blackie nuevo, pasá rápido por La Boca, que hay gente pobre y te da cosita y venite a casa a tomar el té con masas, que te dejo pasar al baño.